Hay discos que se escuchan y discos que, con el paso del tiempo, terminan formando parte de nuestra manera de entender el mundo. ‘Kind of Blue’, publicado por Miles Davis en 1959, pertenece a esa segunda categoría. Han pasado 67 años y aquella música sigue sonando como si hubiera sido grabada ayer, aunque quizá la verdadera razón de su vigencia sea precisamente la contraria: parece llegar desde un lugar en el que el tiempo no importa demasiado.

Miles Davis no necesitaba llenar los espacios. Sabía que una nota podía decir más que una sucesión de ellas y que, en ocasiones, lo verdaderamente importante no era lo que un músico tocaba, sino aquello que decidía no tocar.
‘Kind of Blue’ nació de esa idea. Davis reunió a algunos de los músicos más extraordinarios del jazz —John Coltrane, Cannonball Adderley, Bill Evans, Wynton Kelly, Paul Chambers y Jimmy Cobb— y construyó un disco aparentemente sencillo, pero extraordinariamente sofisticado. Las composiciones se apoyaban en estructuras modales que permitían a los músicos moverse con libertad, escuchar al otro y dejar que la música respirara.
Quizá por eso ‘So What’, ‘Freddie Freeloader’, ‘Blue in Green’, ‘All Blues’ y ‘Flamenco Sketches’ no parecen envejecidas. No pertenecen exactamente a 1959. Pertenecen a ese territorio extraño en el que algunas obras dejan de ser contemporáneas de una época para convertirse simplemente en contemporáneas de quien las escucha.
Miles Davis también entendió algo que el cine tardaría décadas en convertir en lenguaje: que una atmósfera puede contar una historia sin necesidad de explicarla.
Su música aparece, directa o indirectamente, en películas que utilizan el jazz como una forma de memoria, de elegancia, de melancolía o incluso de identidad. En ‘En la línea de fuego’, por ejemplo, el personaje interpretado por Clint Eastwood escucha a Davis en un momento que ayuda a dibujar una personalidad marcada por el pasado. En ‘Pleasantville’, el jazz sirve para acompañar la transformación de un mundo inicialmente construido en blanco y negro. En ‘Novia a la fuga’, ‘Una historia del Bronx’ o ‘Sneakers’, la música de Davis forma parte de ese territorio cinematográfico en el que una canción puede explicar a un personaje mejor que cualquier diálogo. Y no podemos olvidar la serie de televisión «Bosch» que tantísimo bien ha hecho al mundo del jazz.
Y está también ‘Basquiat’, la película de Julian Schnabel sobre el artista neoyorquino, donde el jazz aparece como parte natural de una determinada forma de entender la ciudad, el arte y la libertad. Porque Miles Davis no fue únicamente un músico. Fue también una actitud.
Quizá esa sea una de las claves para entender por qué su figura continúa resultando tan poderosa. Davis nunca pareció especialmente interesado en satisfacer las expectativas de nadie. Cambió de sonido cuando podía haberse quedado cómodamente instalado en el éxito. Se rodeó de músicos jóvenes. Abandonó caminos que todavía podían haberle dado muchos años de reconocimiento. Y volvió a empezar una y otra vez.
En abril de 1959, mientras ‘Kind of Blue’ comenzaba a convertirse en una obra fundamental, Davis también participaba en otro documento extraordinario de aquella época. ‘The Sound of Miles Davis’ fue grabado el 2 de abril de 1959 y emitido posteriormente, el 21 de julio de 1960, en televisión. Aquellas imágenes permiten contemplar al músico fuera del escenario de una manera distinta: hablando, tocando y mostrando esa mezcla de distancia, concentración y elegancia que terminó convirtiéndose en parte inseparable de su personaje.
Pero quizá lo más interesante de Miles Davis no esté en su personaje. Está en el sonido. Escuchar ‘Kind of Blue’ hoy, 67 años después, produce una sensación extraña. No parece un disco antiguo. Tampoco parece exactamente moderno. Es, sencillamente, un disco que todavía sabe hablar. Y tal vez ahí esté la verdadera grandeza de una obra como esta.
Vivimos rodeados de música, de imágenes, de ruido, de estímulos y de palabras. Todo parece competir por nuestra atención. Miles Davis hizo casi lo contrario. Dejó espacio. Permitió que una nota respirara. Permitió que el silencio tuviera un significado. ‘Kind of Blue’ no intenta imponerse. No necesita hacerlo. Simplemente comienza a sonar. Y cuando termina, queda algo en el aire.
Quizá sea eso lo que ocurre con las grandes obras: no desaparecen cuando dejan de sonar. Se quedan un poco más con nosotros. 67 años después, Miles Davis sigue ahí. Tocando. Acompañándonos. Y, por encima de todo, recordándonos que, a veces, el silencio también puede tocarse.