Máriam Martínez-Bascuñán advierte de que la posverdad amenaza la capacidad de la sociedad para actuar en común

Máriam Martínez-Bascuñán advierte de que la posverdad amenaza la capacidad de la sociedad para actuar en común

La desinformación no solo dificulta distinguir lo verdadero de lo falso, sino que puede llegar a destruir la confianza necesaria para que una sociedad discuta sobre los problemas que comparte y tome decisiones colectivas. Esa fue una de las ideas centrales que la politóloga Máriam Martínez-Bascuñán expuso este jueves en UNED Lanzarote durante una conferencia del ciclo Hablemos de la Biosfera dedicada a la relación entre verdad, democracia y cambio climático.

Presentada con mimo por Myriam Ybot, Máriam Martínez-Bascuñán, profesora de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid y autora del ensayo El fin del mundo común. Hannah Arendt y la posverdad, planteó que la crisis ecológica no puede abordarse únicamente desde las soluciones tecnológicas, económicas o energéticas. Antes de decidir qué medidas adoptar, una sociedad necesita reconocer los hechos sobre los que discute y conservar un espacio compartido en el que las diferencias puedan resolverse mediante la deliberación democrática.

El problema aparece cuando la discusión deja de centrarse en la interpretación de los acontecimientos y pasa a cuestionar de manera sistemática la credibilidad de quienes aportan información. Martínez-Bascuñán explicó que la desconfianza hacia periodistas, científicos, jueces o instituciones puede terminar neutralizando cualquier prueba, especialmente cuando los datos se descartan no por su contenido, sino por la identidad de quien los presenta.

La autora recurrió a distintos episodios de la política estadounidense para ilustrar ese mecanismo, entre ellos las controversias sobre la asistencia a la primera investidura de Donald Trump y el cuestionamiento de los resultados electorales. La dificultad, explicaba, no reside únicamente en la circulación de afirmaciones falsas, sino en la posibilidad de construir una realidad alternativa en la que las evidencias dejan de tener valor para quienes ya desconfían de las fuentes que las acreditan.

Durante el coloquio posterior, una de las preguntas planteó hasta qué punto la insistencia en Trump podía ofrecer una visión demasiado centrada en Estados Unidos. Martínez-Bascuñán reconoció que recurre con frecuencia al presidente estadounidense porque considera que allí determinados mecanismos se observan con especial claridad, pero defendió que no se trata de un fenómeno exclusivamente norteamericano. En su respuesta aludió también a la desinformación difundida durante la dana de Valencia, a los rumores sobre inmigración y a la posibilidad de que se extienda la deslegitimación preventiva de los sistemas electorales.

La conferenciante también señaló el papel de las plataformas digitales, cuya propiedad privada y modelo de negocio condicionan la circulación de información en espacios que se han convertido en lugares centrales de la conversación pública. La economía de la atención, explicó, favorece contenidos capaces de provocar indignación o confirmar las convicciones previas de los usuarios, mientras los mecanismos tradicionales de autoridad pierden parte de su influencia.

Martínez-Bascuñán no atribuyó toda la responsabilidad a las redes sociales. También reclamó autocrítica a periodistas, expertos e instituciones, a los que reprochó el riesgo de dirigirse a la ciudadanía desde una posición paternalista, sin atender a las experiencias que alimentan su desconfianza. Reconocer los errores y explicar cómo se construye el conocimiento, defendió, resulta necesario para recuperar una credibilidad que no puede imponerse por decreto.

La reflexión encontró en Lanzarote un ejemplo cercano. La isla permite observar de manera directa los límites del territorio, la disponibilidad de recursos y las consecuencias de las decisiones sobre el modelo de desarrollo. Martínez-Bascuñán evocó la transformación histórica del paisaje agrícola, las decisiones que contribuyeron a configurar la identidad insular y la declaración de Lanzarote como Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1993.

La protección de ese patrimonio, sostuvo, no ha sido el resultado de una ausencia de conflictos, sino de decisiones colectivas y de la discusión entre quienes defienden distintas maneras de entender el futuro de la isla. Las posiciones favorables a un mayor crecimiento turístico y las que reclaman límites pueden discrepar sobre el camino que debe seguir Lanzarote sin dejar de compartir una misma realidad sobre la que deliberar.

La autora advirtió, además, de que el mundo común no pertenece únicamente a quienes viven en el presente, sino que también comprende el legado recibido de las generaciones anteriores y aquello que se dejará a las futuras. Desde esa perspectiva, el territorio no puede reducirse a un recurso destinado al consumo inmediato, sino que exige cuidado y responsabilidad.

La conferencia concluyó con una reflexión sobre la importancia de mantener espacios de conversación en los que las discrepancias no impidan reconocer los hechos compartidos. Cuando desaparece ese suelo común, señaló Martínez-Bascuñán, la sociedad no solo encuentra más dificultades para alcanzar acuerdos, corre el riesgo de perder incluso las condiciones que hacen posible discutir.