Hay libros que se conforman con contar una historia y otros que aspiran a abrir la puerta de muchas más. Miguel Aguerralde ha elegido la segunda posibilidad para construir La biblioteca de los escritores muertos, novela infantil y juvenil que presentó este jueves en la Casa de la Cultura Agustín de la Hoz acompañado por Ismael Lozano, gerente editorial de Siete Islas, y ante un público que acudió a descubrir una obra concebida como una invitación a regresar a los clásicos sin renunciar a la aventura, el misterio y el humor.
La protagonista de la obra se llama Carla, una joven que ni tan siquiera intuía que iba a emprender un viaje por la historia de la literatura. No le gusta leer. Su relación con los libros es la de tantos niños a los que las páginas impresas no consiguen despertar todavía la curiosidad, hasta que una pérdida y la fuga de un personaje de su propia historia la colocan ante un problema que solo ella puede resolver. A partir de ese momento, la niña deberá seguir su rastro por mundos que hasta entonces pertenecían a la imaginación de otros, desde el País de las Maravillas y la isla de Nunca Jamás hasta el Londres de Sherlock Holmes, la Mancha de Don Quijote o los oscuros dominios de Drácula.
La búsqueda no consiste únicamente en descubrir dónde se encuentra el personaje desaparecido, sino también en averiguar por qué ha escapado. Aguerralde explicó durante la presentación que esa segunda pregunta constituye el verdadero corazón emocional de la novela, porque detrás de la aventura y de los sucesivos escenarios fantásticos existe un motivo que el lector tendrá que comprender a medida que avance la investigación. El escritor vuelve así a una de las constantes de su trayectoria, la construcción de un enigma que obliga a seguir leyendo, aunque esta vez el misterio no se resuelva entre las sombras de una trama criminal, sino en una biblioteca capaz de desbordar los límites de la realidad.
La idea nació de la voluntad de divertirse como escritor, pero también de una preocupación que Aguerralde conoce desde su trabajo como docente y su experiencia en el ámbito educativo. El autor observa que muchos referentes literarios y culturales que acompañaron a generaciones anteriores han perdido presencia entre los lectores más jóvenes, desplazados por otros contenidos y por personajes que nacen en plataformas digitales. Durante la charla recordó que en las mesas de novedades infantiles y juveniles resulta cada vez más habitual encontrar libros vinculados a creadores de internet, mientras que figuras tradicionales de la fantasía, los cuentos y la literatura de aventuras parecen haberse quedado en un segundo plano o, aún peor, en el olvido.
No se trata de descalificar los gustos de una generación ni de enfrentar los libros a las pantallas como si la cultura tuviera que librar una guerra entre dos bandos. Aguerralde propone algo más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente, que los clásicos vuelvan a despertar curiosidad y encuentren una manera de dialogar con quienes todavía no han descubierto lo que pueden ofrecer. Por eso Carla no parte convertida en una lectora ejemplar, sino como alguien que necesita una razón para abrir un libro. La aventura debe conseguir lo que no lograría una lección, que la protagonista quiera saber qué sucede después.
En ese recorrido, Sherlock Holmes ocupa un lugar especial. Aguerralde explicó que el detective era una presencia imprescindible en una historia construida alrededor de una búsqueda, mientras que La historia interminable, de Michael Ende, fue una de las principales inspiraciones para imaginar a una niña que se descubre dentro de una ficción y debe aprender a desenvolverse en ella. La novela también recupera el universo de Peter Pan, los escenarios de Alicia, las aventuras de la Isla del Tesoro y el imaginario de Drácula, con una intención que va más allá de acumular referencias reconocibles. El reto consistía en conseguir que cada mundo conservara su personalidad y que los personajes hablaran y actuaran de acuerdo con las obras de las que proceden.
El autor contó que esa fidelidad le permitió jugar con los contrastes entre los protagonistas de los clásicos y una niña contemporánea que no siempre comprende sus códigos. Uno de los ejemplos aparece en el encuentro con Don Quijote, cuyo lenguaje y maneras chocan con los de Carla y dan pie a situaciones humorísticas. En otros episodios, la investigación adquiere un tono más oscuro, especialmente en el territorio de Drácula, donde el misterio se acerca al miedo. Cada escenario modifica así el ritmo de la aventura y propone una experiencia distinta, mientras la protagonista y el lector descubren juntos dónde han aterrizado.
Aunque la editorial presenta la obra dentro de la literatura infantil, Aguerralde defendió que puede disfrutarse a diferentes edades. Los lectores más jóvenes encontrarán una trama de aventuras y un misterio que resolver, mientras que los adultos reconocerán personajes, historias y referencias que forman parte de su propia educación sentimental. La novela busca, de ese modo, que la lectura no se limite a una actividad individual, sino que pueda convertirse en una experiencia compartida entre generaciones, capaz de poner en común recuerdos, descubrimientos y mundos imaginarios.
Ese propósito resulta especialmente importante para el autor cuando se dirige a la franja de edad comprendida entre los diez y los catorce años, una etapa en la que, según su experiencia docente, cuesta más mantener el interés por la lectura. Aguerralde describió cómo los hábitos cambian al llegar a la preadolescencia y cómo la atención compite con un entorno digital dominado por la sucesión rápida de vídeos y estímulos. Frente a esa dinámica, su respuesta no es renunciar a la aventura ni simplificar el lenguaje hasta vaciarlo de contenido, sino construir una historia que despierte preguntas, plantee nuevos desafíos y lleve al lector de un mundo a otro sin perder el hilo de la investigación.
La novela también incorpora posibilidades para el ámbito educativo. Los diferentes escenarios permiten plantear juegos, pequeñas investigaciones, representaciones teatrales o actividades que conecten la lectura con las películas y adaptaciones de las obras originales. Aguerralde señaló que le gustaría que los centros educativos encontraran en el libro una herramienta para acercar a los alumnos a personajes que quizá conocen solo de oídas, desde el gato de Cheshire hasta Gandalf, y que esa aproximación pudiera extenderse a la conversación en casa. No se trata de convertir cada clásico en una obligación escolar, sino de recuperar la capacidad de una historia para provocar el deseo de conocer otra.
Durante el encuentro, Ismael Lozano incidió precisamente en la responsabilidad de los adultos. Si los padres quieren que sus hijos lean, sostuvo, también deben ofrecerles el ejemplo y dejar que los vean con un libro entre las manos. La tecnología forma parte de la vida cotidiana y no puede cargarse sobre los menores toda la responsabilidad por el cambio de hábitos, del mismo modo que tampoco basta con recordarles que otras generaciones disfrutaron de determinados autores. El camino pasa por compartir esas lecturas y darles la oportunidad de descubrir por sí mismos qué permanece vivo en ellas.
La conversación permitió además abordar las dificultades materiales que afrontan los centros educativos para renovar sus bibliotecas y facilitar lecturas al alumnado. Aguerralde, que ha ejercido responsabilidades directivas en el ámbito escolar, explicó que la adquisición de fondos depende en muchos casos de proyectos, convocatorias, donaciones y recursos que no siempre alcanzan para cubrir las necesidades de todos los estudiantes. El precio de los libros puede convertirse en una barrera para algunas familias, especialmente cuando hay varios hijos y diferentes lecturas que adquirir durante el curso. Por eso el escritor ofrece a los centros que trabajan con sus obras la posibilidad de encontrarse con el alumnado, presencialmente o por videollamada, para que la lectura no termine cuando se cierra la última página.
La publicación se suma a una trayectoria en la que Aguerralde ha transitado por la novela negra, el suspense, la fantasía y la literatura juvenil. Autor de veintiocho novelas, según la biografía recogida por la Biblioteca de Canarias, el escritor residente en Lanzarote ha convertido con frecuencia las islas en escenario de sus historias, aunque en esta ocasión su protagonista emprende un viaje que atraviesa geografías imaginarias y obras fundamentales de la literatura universal. La biblioteca de los escritores muertos, editada por Siete Islas en 2026, cuenta con 176 páginas y propone un encuentro entre la aventura contemporánea y el legado de los relatos que han acompañado a generaciones de lectores.
Al final de la presentación quedó flotando una idea que trasciende el destino de Carla y el personaje al que persigue. Los libros no se transmiten únicamente mediante listas de lecturas, recomendaciones o tareas escolares, sino también a través de la curiosidad que despiertan, de las conversaciones que provocan y del ejemplo de quienes encuentran tiempo para abrirlos. Aguerralde ha construido una aventura para que una niña que no quiere leer termine recorriendo mundos que nunca imaginó visitar, pero la apuesta alcanza también a los adultos, invitados a acompañarla y a recordar que la puerta de la fantasía no se cierra cuando uno crece o madura. A veces basta con volver a abrir un libro para descubrir que aquellos mundos siguen esperando.
