Harvard descubre que todavía hay jóvenes dispuestos a leer un libro entero

En estos tiempos convulsos en los que la inteligencia artificial amenaza con pensar por nosotros, las conversaciones se comprimen hasta caber en doscientos ochenta caracteres y la paciencia parece haberse convertido en una extravagancia, ocurre algo inesperado en una de las universidades más prestigiosas del mundo. En Harvard hay estudiantes haciendo cola para matricularse en una asignatura que exige leer un libro cada semana, escribir ensayos, discutir durante horas y, por si fuera poco, dejar el teléfono móvil fuera de juego.

La historia la cuenta la periodista Pamela Paul en el prestigioso The Wall Street Journal y tiene algo de pequeña rebelión contra el espíritu de la época que nos ha tocado habitar. Humanities 10, conocida familiarmente como Hum 10, se ha convertido en uno de los cursos más solicitados de Harvard. Este otoño, ciento ochenta estudiantes de primer año presentaron su candidatura para ocupar las noventa plazas disponibles, un incremento del cuarenta por ciento respecto al curso anterior. No parece precisamente el comportamiento de una generación a la que se daba por perdida entre pantallas, vídeos de pocos segundos y resúmenes generados por algoritmos.

La asignatura tampoco ofrece demasiados incentivos para quienes buscan el camino más cómodo hacia una buena calificación. Hay que leer un libro voluminoso cada semana, muchos clásicos entre ellos, entregar ensayos con regularidad, asistir a las clases y participar en seminarios donde nadie parece dispuesto a conformarse con una respuesta de compromiso y, mucho menos, con el silencio y la indiferencia hacia los libros más leídos y admirados. No existe la posibilidad de aprobar por la vía fácil y los dispositivos digitales están prohibidos durante las sesiones. Incluso se controla la puntualidad.

El programa tampoco invita a la lectura ligera. Comienza con la Odisea, de Homero, atraviesa siglos de pensamiento y literatura con Montaigne, Shakespeare, Spinoza, Dante y James Baldwin, llega hasta el Ulises de James Joyce y termina regresando a la Ilíada. Por sus aulas desfilan la filosofía, la literatura, la historia y las grandes preguntas que acompañan al ser humano desde mucho antes de que alguien decidiera que todo conocimiento debía poder resumirse en una pantalla y que la paciencia se distinguiera por abarcar apenas unos segundos.

Una de las escenas que recoge el reportaje resulta especialmente reveladora. Durante una clase dedicada a Emma, de Jane Austen, la profesora de Filosofía Samantha Matherne plantea a sus alumnos por qué la escritora creó una protagonista tan poco simpática, para qué sirve leer novelas y qué puede ocurrirle a Emma, pero también a quienes la están leyendo. Al terminar la conferencia, los estudiantes rompen a aplaudir. Por descontado que no es una escena habitual en los tiempos que corren, aunque quizá debería serlo.

La iniciativa nació en 2008, durante una cena entre los profesores Stephen Greenblatt y Louis Menand, dos figuras destacadas de la universidad que buscaban una fórmula para recuperar el interés por las humanidades. La idea era sencilla y, al mismo tiempo, ambiciosa, reunir a estudiantes y profesores alrededor de las grandes obras de la cultura para leerlas, discutirlas y descubrir qué tienen todavía que decirnos. Desde entonces, el curso ha incorporado a destacados docentes de distintas disciplinas, algunos de ellos escritores e investigadores de reconocido prestigio.

Lo curioso es que los profesores tampoco salen indemnes de la experiencia. Cada uno propone libros para el programa, asiste a las conferencias de sus compañeros y dirige seminarios sobre obras que, en ocasiones, pertenecen a campos que no son los suyos. También ellos vuelven a sentarse, en cierto modo, en el pupitre. Stephen Greenblatt, que lleva décadas enseñando en Harvard, reconoce que esa oportunidad de enfrentarse a libros que nunca había impartido constituye una de las grandes satisfacciones del curso. Memento vivere, dirían algunos.

Pero quizá lo más interesante del reportaje aparece cuando los estudiantes explican por qué quieren estar allí. Algunos hablan de la necesidad de recuperar la concentración y de enfrentarse a libros que probablemente nunca habrían elegido por iniciativa propia. Otros mencionan expresamente la inteligencia artificial. Les incomoda que haya quienes se pregunten por qué dedicar tantas horas a una novela si basta con pedirle a ChatGPT que la resuma.

Una de las alumnas, Peggy Urdan, lo expresa con una claridad que no necesita demasiadas explicaciones. Buena parte de lo que proporciona la asignatura, afirma, es la experiencia humana, y eso no puede obtenerse de una inteligencia artificial. Para aprender algo de verdad en aquellas aulas hay que prescindir de ella.

También hay algo hermoso en el recuerdo de Ellie Powell, antigua alumna del curso. Cuenta que era la única asignatura de Harvard en la que los estudiantes se reprochaban mutuamente no haber hecho las lecturas. Nadie quería llegar al seminario sin haber terminado el libro o aportar una observación que no estuviera a la altura de la conversación. Sentían que estaban construyendo algo juntos y que cada uno tenía la responsabilidad de contribuir.

Tal vez ahí resida el secreto de Hum 10. No se trata únicamente de leer a los clásicos, ni de recuperar una determinada tradición académica, ni siquiera de demostrar que todavía es posible dedicar una semana entera a una novela de varios centenares de páginas. Se trata de recuperar el placer de pensar en compañía, de discutir sin necesidad de vencer, de escuchar una interpretación distinta y de descubrir que un libro escrito hace dos mil años o hace cien puede seguir interrogándonos sobre nuestra propia existencia.

En una época que confunde con frecuencia la velocidad con la inteligencia y la acumulación de información con el conocimiento, Harvard ha descubierto que todavía existe un público dispuesto a aceptar el desafío de lo que muchos ahora consideran dificultad. Jóvenes que prefieren enfrentarse a Homero antes que recibir un resumen de Homero, que quieren leer a Austen en lugar de consumir una explicación de Austen y que entienden que hay experiencias que pierden su sentido cuando alguien las realiza por nosotros.

Quizá no sea una revolución o quizá sean solamente noventa plazas en una universidad de Massachusetts, pero conviene no despreciar el significado de una generación que, pudiendo elegir el atajo, decide recorrer el camino largo porque, al fin y al cabo, una máquina puede resumir la Ilíada, ordenar sus personajes, explicar sus metáforas y enumerar sus enseñanzas, pero lo que no puede hacer por nosotros ni podrá nunca hacer por nosotros es leerla por primera vez, emocionarnos con sus páginas y descubrir, después de tantos siglos, que seguimos reconociéndonos en la cólera, el orgullo, el amor y la fragilidad de aquellos hombres que vivieron tantos siglos atrás y eso, por fortuna, todavía exige abrir un libro y oler sus páginas.