Francia tiene sus institutos bloqueados y España tiene la Puerta del Sol llena de tiendas. No son la misma protesta, ni reclaman lo mismo, ni responden a las mismas causas. Pero ambas escenas empiezan a compartir algo que merece ser observado con atención: una generación joven que ha dejado de limitar su malestar al lugar donde se origina el problema y empieza a llevarlo a la calle.
En Francia, una protesta que comenzó hace unos diez días por la falta de profesores, el deterioro de los centros, las aulas masificadas y los recortes en becas ha terminado derivando en una oleada de disturbios que ha obligado al Gobierno de Sébastien Lecornu a cerrar más de 400 institutos. El jueves fueron detenidas 1.949 personas y 284 policías y gendarmes resultaron heridos, según el Ministerio del Interior francés. El Ejecutivo asegura además que numerosos protagonistas de los episodios violentos no eran estudiantes de los centros afectados.
La protesta francesa conserva, sin embargo, un fondo educativo que no debería perderse entre el humo de los incendios y las cargas policiales. Los estudiantes reclaman profesores, mejores condiciones en los centros y más recursos. El problema es que, cuando una movilización crece, la calle puede terminar incorporando a personas, organizaciones y reivindicaciones que ya no tienen relación directa con la causa que la puso en marcha.
España observa ese fenómeno desde una situación diferente, pero con su propia calle en movimiento. La Puerta del Sol mantiene la acampada por la vivienda después de que el Congreso haya rechazado los dos decretos impulsados por el Gobierno. Los manifestantes han llevado ya su protesta hasta las puertas de la Cámara y han organizado comités de barrio y asambleas sectoriales con la intención declarada de dar continuidad al movimiento.
La siguiente palabra es huelga. El Sindicato de Inquilinas reclama una huelga general por la vivienda y la protesta pretende extenderse este fin de semana a decenas de ciudades. CCOO y UGT estudian por su parte distintas fórmulas de movilización, entre ellas una huelga general o paros parciales, aunque todavía no existe una decisión sobre el formato. CGT ya ha mostrado su disposición a convocar una huelga general de 24 horas.
Y ahí es donde las dos historias empiezan a tocarse, aunque todavía no exista ningún contagio demostrable entre ellas.
En Francia, una reivindicación estudiantil ha terminado desbordando los límites de los institutos. En España, una protesta por la vivienda intenta salir de las plazas y entrar en los centros de trabajo. Una nace de la educación y otra del precio de la vivienda, pero ambas tienen detrás una cuestión más amplia: qué futuro espera a una generación que encuentra cada vez más difícil estudiar en condiciones, emanciparse, acceder a una vivienda o construir una vida independiente.
Sería precipitado hablar de una ola europea. También sería incorrecto equiparar las protestas francesas, que han registrado episodios violentos, con las movilizaciones españolas por la vivienda. Pero sería igualmente ingenuo ignorar la coincidencia temporal: mientras Francia intenta contener una protesta juvenil que se le ha ido de las manos, España debate si una movilización inicialmente centrada en los alquileres y los desahucios puede transformarse en una protesta laboral de alcance nacional.
La calle, a veces, funciona así. Empieza reclamando una cosa concreta y termina descubriendo que hay muchas personas dispuestas a escuchar otras.
Los Pirineos siguen separando Francia de España. Pero las redes sociales, los problemas generacionales y la sensación de que el futuro se ha convertido en un bien demasiado caro hace tiempo que dejaron de respetar las fronteras. La cuestión no es si las barricadas francesas van a llegar a Madrid. La cuestión es si el malestar que las alimenta necesita realmente hacerlo.