
La República Democrática del Congo afronta el peor brote de ébola de su historia. La epidemia, declarada oficialmente el pasado mes de mayo y causada por el virus Bundibugyo, ha superado ya en número de casos y fallecidos al gran brote registrado en el país entre 2018 y 2020 y continúa extendiéndose por varias provincias del este de la República Democrática del Congo.
Los últimos datos disponibles sitúan el balance en 5.290 casos confirmados y 2.516 fallecidos, según la actualización del Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades con información hasta el 20 de agosto. La cifra supone una tasa de letalidad cercana al 48% y confirma la extraordinaria velocidad con la que está creciendo la epidemia.
La Organización Mundial de la Salud ya había advertido a mediados de agosto de que el brote estaba adquiriendo una dimensión sin precedentes. Con los datos recopilados hasta el 12 de agosto, la organización contabilizaba 4.665 casos confirmados y 2.184 fallecimientos únicamente en la República Democrática del Congo, con una letalidad del 46,8%. Desde entonces, las cifras han seguido aumentando.
El brote comenzó en la provincia de Ituri y posteriormente se extendió a otras zonas del este del país. La OMS destaca que la transmisión sostenida, la expansión geográfica y la elevada mortalidad están complicando la respuesta sanitaria. El contexto en el que se desarrolla la epidemia tampoco ayuda: se trata de una región afectada por una grave crisis humanitaria, desplazamientos de población, inseguridad y elevados movimientos de personas y mercancías.
Uno de los elementos que más preocupa a los expertos es precisamente la velocidad de propagación. Naciones Unidas ha advertido de que la epidemia está creciendo de forma exponencial y que el número de fallecidos ya supera los 2.500. La respuesta se encuentra además condicionada por los ataques y amenazas contra trabajadores sanitarios, las dificultades para localizar y seguir a los contactos de los enfermos y la resistencia de algunas comunidades a las medidas de control.
A la dificultad de contener la transmisión se suma una característica especialmente preocupante del brote actual: el virus responsable es el Bundibugyo ebolavirus, una especie para la que no existe actualmente una vacuna autorizada ni un tratamiento específico. La OMS señala que se están estudiando distintas herramientas y que se ha incorporado una nueva prueba diagnóstica para facilitar la detección del virus.
La respuesta internacional ha comenzado a reforzarse. La OMS y sus socios han anunciado la llegada a la República Democrática del Congo de 70.000 dosis de la vacuna Ervebo, utilizada frente al virus del Ébola de Zaire en otros brotes. Sin embargo, esta vacuna no está autorizada específicamente para el virus Bundibugyo y parte de las dosis se destinarán a ensayos clínicos para evaluar su posible eficacia frente a esta variante. Otras dosis serán utilizadas entre trabajadores sanitarios y personas consideradas de alto riesgo dentro de la estrategia de respuesta.
La epidemia ha superado ya el anterior peor brote registrado en la República Democrática del Congo, el que se produjo entre 2018 y 2020 y que dejó 3.317 casos. La propia OMS considera que el actual es ya el mayor brote de enfermedad por virus del Ébola documentado en el país.
La evolución de las próximas semanas será determinante. La OMS y los organismos sanitarios internacionales tratan de aumentar la vigilancia epidemiológica, localizar rápidamente a las personas que hayan podido estar expuestas, mejorar el aislamiento y tratamiento de los enfermos y trabajar con las comunidades afectadas para reducir la transmisión.
La magnitud alcanzada por la epidemia vuelve a recordar la enorme dificultad que supone controlar el ébola cuando coincide con sistemas sanitarios frágiles, conflictos armados, desplazamientos de población y falta de confianza en las autoridades. En la República Democrática del Congo, la carrera entre la expansión del virus y la capacidad de respuesta sanitaria continúa abierta.