
Con el sol entrando con fuerza en el atardecer de La Tiñosa, conocedor de la avalancha de prealertas climáticas que estaban por llegar en las horas siguientes a la isla, daba inicio la ardua tarea del escritor y docente Miguel Aguerralde de desmenuzar la novela negra, pero también su recorrido en el paisaje canario.
Como telón de fondo, alguno que pasara despistado por la puerta del Centro Cívico El Fondeadero pensaría que escuchaba música de ascensor en el San Francisco de los años setenta del siglo pasado, pero Aguerralde nos hacía disfrutar con la banda sonora de Chinatown, con Jack Nicholson y Faye Dunaway mirándonos de reojo.
Comparecía el padre de “Las cinco muertes de Jacinto Samitier” con una camiseta oscura y sus ya sempiternas e inseparables canas, preparado para hablar de novela negra y sus inicios en el siglo diecinueve y, por ende, de su parecido con las entrañas de la vida que nos ha tocado habitar. Sin olvidar que no hay mejor vida por habitar que la aderezada con buenos libros y, a veces, algo de sangre literaria.
En la novela negra todo empezaba, según rezaba Miguel, con el germen del misterio y la consiguiente investigación. Relataba, con el entusiasmo del que canta enamorado a un balcón de Verona, la historia, orígenes, características y subgéneros noirs. Un exhaustivo repaso a la evolución del género negro, haciendo un especial y cariñoso hincapié en la novela negra canaria y sus autores más destacados, el intrigante Jaime Mir, José Luis Correa, Antonio Lozano o el mítico e irremplazable Alexis Ravelo, entre algunos otros.
Aguerralde terminaba el encuentro acercándose nuevamente a su último libro, “Las cinco muertes de Jacinto Samitier”. Fuera ya había llegado la noche. Un solitario pato nadaba con las últimas luces del día en el muelle de La Tiñosa recordando que, hace mucho tiempo, su bisabuelo le contó que había visto salir de ese mismo puerto a un tal Eladio Monroy.