VIGILIA EN ARRECIFELa noche cae
como un abrazo
inmenso de calima.
Frente al Cabildo Viejo
desplegamos nuestras velas:
pequeñas llamas que arden
radiantes, cálidas y vivas
como los días del futuro
del poema de Kavafis.
Cientos de personas
emprenden la marcha,
envueltas u ondeando
la bandera palestina.
En la calle Quiroga,
junto al escaparate
de Desnudos, una mujer
empuña el megáfono
y habla en voz baja
contra el genocidio.
Seguimos caminando
por el Quiosco de la Música
hasta el Puente de las Bolas.
Acompaño a Myriam, amiga
y veterana del activismo,
que además me ha regalado
«El libro de la hospitalidad».
Otra mujer lee
y le tiemblan las manos
mientras invoca a la flotilla.
Antes de cruzar
el puente de madera
poniendo rumbo
a la otra orilla, una mujer
de origen palestino,
recuerda el paisaje
maltrecho de la Franja.
Bordeamos la ribera
del Charco de San Ginés
donde están los restaurantes.
Al turismo se le atraganta
la cena a nuestro paso.
Cerca de donde estuvo
el Bar La Bulla, Yuri
nos alcanza. Enciende
su vela aromática
y proseguimos la vigilia.
Casi llegando
al esqueleto del rorcual
un hombre nos interpela
encaramado al pretil.
«¡Yo soy Israel!», grita,
desafiando a la multitud.
Su voz es un huracán,
tiene la fuerza de un patriarca
del Antiguo Testamento.
Lo reconozco al instante.
Es Manuel Ortiz, profesor
de Teatro de la UNED,
metido en su papel de israelí.
La performance da resultado
y los ánimos se caldean.
«¡Cabrón!», le insulta alguien,
enardecido. Por un momento
parece que van a agredirle.
Pero al final, el coro de voces
se alza y ahoga la suya.
«¡El pueblo, unido, jamás
será vencido!» «¡Desde el río
hasta el mar, Palestina vencerá!».
Todos tenemos un nudo
en el estómago y la garganta.
El acto concluye
a los pies del cine Atlántida.
Se corean otras consignas:
«¡No es una guerra, es un genocidio!».
«¡Las niñas, de Gaza, no son una amenaza!».
No puedo evitar preguntarme
cuántos niños habrán muerto
mientras escribo este poema.
20-9-2025