Ni barcos en cuarentena ni cromos del Mundial, nada nuevo bajo el sol

Vivimos tiempos algo convulsos. O eso parece. Miedos incontrolados a guerras lejanas que se empeñan en acercarnos, lametones a intereses patrios y políticos por un lado y otro del horizonte, aparición de temidos barcos cargados de un virus semidesconocido o, por ejemplo, el sempiterno pan y circo, más que habitual en el menú del ciudadano medio actual y del de hace dos siglos, protagonizado en estos días por el Mundial de futbol.

Convulsión que no deja de ser el alimento del animal humano desde el principio de los tiempos. Los enfrentamientos entre países siempre han existido, incluso cuando no eran ni países. Solo ha cambiado la forma de luchar y que el objetivo quizás no sea el que se ve a simple vista. Algo similar pasa con la política, causante de esa maldita polarización que ya se huele hasta en las canchas de baloncesto donde corretean pequeños jugadores imberbes. Tenemos fascistas que llaman fascistas a los que no piensan como ellos y, al final, son todos fascistas, pero con distinto collar. La política actual, más preocupada por los brillos de TikTok y por mantener contentos a los de su lado, está, cada día que pasa, más alejada de la ciudadanía. Lamentablemente parece que gobiernos y medios de comunicación solo actúan para su público. Es como una lucha de clases, pero solo con la podrida doctrina como guía. Los demás dan igual. Mires para donde mires solo encuentras ego e intereses espurios.

Pero, al final, nada nuevo bajo el sol. Lo encarrilaba María José Solano con su artículo “El barco de la muerte” donde abraza un paralelismo literario y simbólico entre el temido Hondius y el Deméter de Drácula, un barco que llega enfermo y fantasmal a Inglaterra.

Esa mirada romántica hacia Stoker nos recuerda que el viajante Hondius nos ha revivido sensaciones más que conocidas, una amenaza invisible, el aislamiento en el mar, la posibilidad de contagio y muerte, pero, sobre todo, una incertidumbre novelesca y una llegada inquietante a cercano puerto.

Esa sensación de “amenaza que llega por mar” no es novedosa como decíamos, pero conecta con un imaginario muy antiguo europeo, esa peste que llegaba en barcos, cuarentenas, los acojonantes navíos fantasmas y las epidemias marítimas. Como ven, poco ha cambiado ese miedo real del siglo XIX con el más famoso de los vampiros y el barco que ocupa portadas de periódicos y horas en televisión. Lo más preocupante es como unos y otros usan, o el miedo al contagio, o masajean su ego, utilizando la nave como vehículo de una amenaza invisible que algunos falsos supermanes cree que pueden controlar y usan para sus desmanes. La UME se encargará del traslado de los viajeros hasta los aviones que les sacarán del paraíso canario. Como siempre, unos atacarán a los transportistas locales que se han negado a realizar el servicio por falta de información y seguridad. Otros seguirán diciendo que no hay riesgo o hay riesgo bajo, como si ambas cosas fueran idénticas. La cuenta del restaurante común siempre la pagan los mismos, habitemos en el siglo que habitemos.

Ante estos miedos, hay quien se echa las manos a la cabeza por cuestiones tan nimias como los cromos del Mundial y la proliferación de copias. Pobre Panini, dicen algunos. Relataba The Guardian que el álbum del Mundial 2026 es enorme, con cuarenta y ocho selecciones. Es la colección de Panini más grande hasta ahora, con casi un millar de pegatinas únicas, incluidas las especiales lo que dispara el coste de completar el álbum a cerca de mil euros, pero también empuja a la especulación, la reventa y al incentivo para producir falsificaciones o impresiones “no oficiales”. Esto tampoco es nuevo. La evolución de las impresoras domésticas, las redes sociales y el cambio de la nostalgia por la especulación produce estas cosas. Antes los niños aprovechaban el domingo para cambiar cromos en un mercado, ahora hay miles de personas analizando estadísticamente cajas enteras en YouTube y Reddit. Pero, nuevamente, esto es parte de nuestra historia. Existe una tradición histórica muy larga. Cuando un producto cultural o de ocio se vuelve masivo, barato de reproducir y emocionalmente valioso, aparecen copias, imitaciones y mercados paralelos. Es el caso de las publicaciones populares pirateadas en los siglos XIX y XX como las novelas por entregas, tebeos, revistas deportivas, almanaques y colecciones de cromolitografías. Algo parecido ocurrió con los pulps estadounidenses o los cuadernos de aventuras europeos, al igual que pasaba con los cromos deportivos que, a pesar de lo que creamos, llevan más de un siglo teniendo falsificaciones. En Estados Unidos ocurrió con las tarjetas de béisbol de Topps ya en los años cincuenta. Y cuando el coleccionismo explotó en los ochenta y noventa del siglo pasado, surgieron talleres especializados en envejecer artificialmente cartas para venderlas como raras. Si miramos más atrás en el tiempo encontramos en Europa, desde los siglos XVII-XIX, estampas religiosas copiadas, grabados populares reproducidos sin permiso, imágenes de santos falsificadas y hojas ilustradas impresas masivamente. La modernidad permite hoy un mercado enorme para copias, aunque nos quieran vender otra cosa.

Cosas dispares que nos llegan como nuevas, pero apestan a sensaciones guardadas en la gaveta. Cromos falsificados, guerras incomprendidas o vergüenzas políticas en torno a un barco fantasma. Friedrich Nietzsche llevó a un plano filosófico aquello del “eterno retorno”, abrazando la sensación de que la existencia reproduce estructuras similares una y otra vez. No significa que se repitan exactamente los mismos hechos, sino que habla de cuestiones como la ambición, el miedo, el fanatismo, del deseo de poder o trascender, las crisis colectivas o la eterna búsqueda de sentido. Todo eso vuelve constantemente bajo disfraces nuevos.

Es algo que nos acompaña incansable en la historia de la Humanidad. Ideas llegadas de imperios chinos o de pensamientos hindúes, así como el historiador Polibio que hablaba de la anaciclosis, que las sociedades pasan por ciclos, orden, prosperidad, corrupción, crisis, colapso y renovación, y vuelve a empezar.

Es más que posible que los que manejan los hilos estén encantados con estas ideas. Lo malo, para los que estamos muy por debajo, al final de los hilos, es que no sabemos en que parte del ciclo estamos varados y seguimos atemorizados y perplejos ante los miedos actuales, esos que nos venden baratitos y novedosos, pero que no varían ni un ápice de los miedos que acongojaban a cualquiera que habitara hace siglo y medio en Europa. Solo ha cambiado la forma en la que nos los hacen llegar a la puerta de nuestras casas, a nuestras miedosas vidas.