Diez años sin Leonard Cohen, el hombre que convirtió la oscuridad en belleza

Hay artistas cuya muerte termina por convertirse en una noticia vieja y otros cuya ausencia adquiere con los años una forma distinta, casi física, como si el tiempo no consiguiera desalojarlos de nuestra frágil memoria. Leonard Cohen es uno de ellos. Diez años después de su muerte, Montreal ha vuelto a recibir a quienes se acercan a su tumba, donde el pasado sábado se acumularon cerca de un centenar de rosas y numerosos ramos mientras admiradores del poeta, novelista y cantante canadiense regresaban a Mount Royal para recordarlo. Algunos llevan flores, otros libros y otros simplemente permanecen allí un rato, u trozo de vida, quizá porque hay escritores y músicos a los que uno no visita para pedirles nada, sino para comprobar que todavía siguen acompañándonos con todo aquello que crearon.

Leonard Norman Cohen nació en Montreal el 21 de septiembre de 1934 y tardó bastante en convertirse en el cantante que acabaría conociendo el mundo. Antes había sido poeta, y después novelista, y durante años pareció más interesado en las palabras que en los escenarios. En 1956 publicó Let Us Compare Mythologies, su primer libro de poemas, y cinco años después The Spice Box of Earth consolidó su reputación literaria. Vivió durante siete años en la isla griega de Hydra, escribió allí dos novelas, The Favourite Game y Beautiful Losers, y solo después de aquel largo rodeo llegó a la música.

Cuando publicó Songs of Leonard Cohen en 1967 tenía 33 años y ya llevaba consigo una experiencia literaria que nunca abandonaría. Suzanne, Sisters of Mercy o So Long, Marianne no eran canciones escritas por alguien que hubiese descubierto de pronto la música, sino poemas que habían encontrado otra manera de respirar. Cohen pertenecía a esa rara estirpe de artistas para quienes las fronteras entre verso, canción y literatura resultaban poco más que una convención editorial.

Durante casi medio siglo fue construyendo una obra en la que el amor y el deseo convivían con la religión, la culpa, la soledad, la vejez, la muerte y una permanente preocupación por aquello que los hombres hacen cuando intentan encontrar algún sentido a su paso por el mundo. Su voz grave y cansada podía parecer la de un hombre que había llegado demasiado tarde a todas partes, pero quizá esa era precisamente su fuerza. Cohen nunca tuvo prisa por parecer joven, moderno o imprescindible. Le bastaba con escribir una frase que siguiera funcionando cuando todo lo demás hubiese envejecido.

Hallelujah terminó convirtiéndose en su canción más conocida y también en una de las más interpretadas de la música popular, aunque su recorrido fue mucho más extraño de lo que su fama posterior podría hacer pensar. Cohen la publicó originalmente en 1984 dentro de Various Positions y durante años estuvo lejos de ser el fenómeno universal en que acabaría convirtiéndose. El tiempo hizo el resto, y distintas versiones terminaron transformando aquella canción sobre el deseo, la fe, el fracaso y la contradicción humana en una especie de himno contemporáneo capaz de aparecer tanto en una iglesia como en un funeral, en una película, en un concurso televisivo o en una habitación donde alguien necesitaba escucharla.

Cohen tampoco se limitó a sobrevivir mediante sus canciones más famosas. Regresó a los escenarios cuando muchos artistas de su edad ya habían convertido la jubilación en una forma de vida, publicó nuevos discos y realizó giras entre 2008 y 2013. En 2011 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y el Glenn Gould Prize, después de haber sido incorporado al Rock and Roll Hall of Fame y de haber recibido en 2010 el Grammy a toda una trayectoria.

Pero quizá su despedida artística resulte todavía más reveladora que todos esos reconocimientos. El 21 de octubre de 2016 apareció You Want It Darker, su decimocuarto y último álbum de estudio, producido por su hijo Adam Cohen. Leonard tenía entonces 82 años y su salud estaba ya deteriorada, aunque continuaba trabajando con la disciplina de quien todavía tiene asuntos pendientes.

El disco fue recibido como una obra crepuscular y, escuchado después de su muerte, adquirió inevitablemente una dimensión testamentaria. Cohen hablaba allí de religión, muerte, deseo y rendición con una serenidad que no necesitaba impostar dramatismo. Sin embargo, hay una ironía que conviene recordar antes de convertir aquellas canciones en una profecía perfecta. En una de sus últimas entrevistas, celebrada el 13 de octubre de 2016, pocos días antes de morir, el propio Cohen matizó aquella imagen del hombre que esperaba tranquilamente la muerte y reconoció que quizá había exagerado cuando había dicho que estaba preparado para morir. Incluso llegó a bromear con la posibilidad de vivir para siempre. Casi podemos apostar a que lo consiguió.

Murió en Los Ángeles el 7 de noviembre de 2016 y fue enterrado en Montreal, en el cementerio de Mount Royal, junto a varias generaciones de su familia. Diez años después, quienes acuden allí encuentran todavía a otros que leen sus poemas, fuman un cigarrillo, dejan flores o simplemente permanecen unos minutos frente a la lápida. Uno de ellos, Juan Merchan, explicó este sábado que visita la tumba dos veces al año, en el cumpleaños de Cohen y en el aniversario de su muerte.

También su familia ha decidido regresar a aquellas canciones. Adam Cohen ha preparado para este décimo aniversario un espectáculo que reúne a músicos, imágenes de archivo y tres generaciones de la familia, con actuaciones en Canadá y una posterior llegada a Europa en 2027. Para él, volver a estudiar las canciones de su padre palabra por palabra y acorde por acorde constituye una forma de duelo, pero también una manera de acercarse de nuevo a un hombre cuya exigencia artística no conocía atajos.

Quizá esa sea la verdadera razón por la que Leonard Cohen sigue siendo difícil de encasillar. Fue poeta antes que cantante, novelista antes que estrella, judío y budista, seductor y asceta, hombre de escenario y hombre de retiro, alguien capaz de hablar de Dios mientras dudaba de su existencia y, sin duda, capaz de cantar sobre el deseo cuando ya conocía demasiado bien las consecuencias de perderlo en el recorrido sinuoso de la vida. Su obra no ofrecía respuestas cómodas porque Cohen desconfiaba demasiado de las respuestas cómodas y porque entendía, simplemente, que la vida no permitía esa comodidad.

Diez años después, sigue con nosotros, su voz continúa sonando, como si nunca se hubiera marchado.