
Hay hombres que pasan por la televisión y hombres que se quedan dentro de ella. Juan Tamariz pertenecía a los segundos. Tenía chistera, gafas, una melena que parecía haberse declarado en rebeldía, vaqueros y una baraja entre las manos. No se parecía demasiado a un mago y ésa fue, probablemente, una de sus primeras magias.
Juan Manuel Tamariz-Martel Negrón ha muerto este martes en Madrid a los 83 años. Falleció en el Hospital Clínico San Carlos por causas naturales, acompañado hasta el último momento por sus hijos. La familia ha explicado que se marchó sin sufrir, sonriendo y en paz. Se va así uno de los grandes nombres de la magia española y, sobre todo, un hombre que durante décadas consiguió algo mucho más difícil que hacer desaparecer una carta: consiguió que millones de personas quisieran creer que la magia existía.
Porque Tamariz nunca fue solamente el señor de la baraja que aparecía en televisión y hacía desaparecer cartas mientras el público intentaba averiguar dónde estaba el truco. Tampoco fue únicamente aquel personaje imposible de Un, dos, tres, aquel Don Estrecho de gesto estrafalario, ni el hombre que después de cada número levantaba los brazos y comenzaba a tocar un violín que sólo él podía ver. Tamariz fue otra cosa. Fue uno de esos raros tipos capaces de convencerte de que el mundo podía ser, durante unos minutos, exactamente como él quería.
Nacido en Madrid el 18 de octubre de 1942, la magia le encontró siendo todavía un niño. Él mismo contaba que con cuatro o cinco años pidió a los Reyes Magos un juego de magia y que, unos años después, descubrió en un libro todo un universo de posibilidades. A los doce años cayó en sus manos la obra del mago Wenceslao Ciuró y comenzó una relación con las cartas que acabaría convirtiéndose en una forma de vida.
Lo demás fue disciplina. Mucha. Detrás del personaje desordenado, del humor aparentemente improvisado y de aquella permanente sensación de estar a punto de echarse a reír había un trabajador obsesivo. Tamariz llegó a pasar ocho o diez horas al día con las cartas. Algunos juegos de apenas tres minutos podían exigir años de preparación y perfeccionamiento.
La magia, en su caso, tenía poco de truco y mucho de oficio. Y también de psicología. Tamariz entendió que una carta no desaparece únicamente con los dedos. Desaparece antes en la cabeza de quien la está mirando. Ahí estaba una parte esencial de su maestría: saber cuándo mirar, cuándo hablar, cuándo bromear y cuándo dejar que el espectador creyera que acababa de descubrir algo que, en realidad, había sido cuidadosamente colocado delante de sus narices.
En 1973 llegó uno de los grandes momentos de su carrera al proclamarse campeón del mundo de cartomagia en el Congreso Mundial de París. Su prestigio dejó entonces de ser únicamente español y comenzó una trayectoria internacional que acabaría convirtiéndolo en uno de los grandes referentes de la magia de cartas. Llegaron los escenarios, los libros, los reconocimientos y una influencia que alcanzaría a varias generaciones de ilusionistas.
Pero en España siempre será aquel tipo de la televisión. El de la chistera, el pelo imposible, las gafas, las cartas y aquel violín imaginario que acompañaba sus números con el famoso «nananianananana» y terminaba en el inevitable «¡Chantatacháaaaan!».
Hubo una época en la que España veía prácticamente los mismos programas y en aquella España apareció Tamariz. No necesitaba grandes decorados ni una maquinaria espectacular. Le bastaban una mesa, una baraja y alguien dispuesto a dejarse engañar.
Se hizo especialmente popular con sus apariciones en Televisión Española, en programas como Tatatachán y Un, dos, tres, donde encarnó a Don Estrecho y mostró que podía ser tan eficaz haciendo reír como manejando una baraja. Su aspecto ayudaba, su humor todavía más, pero lo que realmente funcionaba era algo bastante más difícil de fabricar: Tamariz parecía disfrutar tanto haciendo magia como el público viéndola. Y eso no se finge.
Por eso su muerte deja algo más difícil de medir que una trayectoria profesional. Deja un hueco en la memoria de varias generaciones. Hay niños que recuerdan haberlo visto aparecer en televisión, adultos que todavía podrían imitar aquel violín invisible y magos que aprendieron de él que el secreto no consiste solamente en esconder una carta, sino en conseguir que alguien quiera creer.
Tamariz convirtió la magia en una fiesta. Su repertorio mezclaba cartomagia, humor, improvisación y una permanente comunicación con el espectador. Magia Potagia se convirtió en uno de los espectáculos más reconocibles de su carrera, mientras sus libros contribuyeron a transmitir sus conocimientos y su particular manera de entender el oficio.
Su trayectoria fue mucho más amplia que la televisión. Estudió durante cuatro años Ciencias Físicas, se interesó por la dirección cinematográfica y realizó cortometrajes, pero acabó entregando buena parte de su vida a una disciplina que había descubierto siendo niño. Recibió numerosos reconocimientos, entre ellos el título de Mago del Año en Estados Unidos en 1993 y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.
Sin embargo, probablemente ninguno de esos premios explica mejor a Tamariz que sus propias palabras. Hace algunos años, en una entrevista, aseguraba que nunca había perdido la ilusión y advertía de que lo peor que podía ocurrirle a un artista era perder la pasión. No hablaba únicamente del amor por su profesión, sino de esa llama interior que obliga a seguir haciendo las cosas porque todavía importan.
Tamariz seguía acariciando las cartas durante horas. Hablaba de ellas como si fueran seres vivos y aseguraba que las cartas le hablaban y se comunicaban con él. Podría parecer una extravagancia más del personaje, pero en su caso era difícil saber dónde terminaba el mago y dónde comenzaba el hombre que había decidido dedicar su vida a fabricar asombro.
También entendió que la magia de cerca, la que más le apasionaba, dependía tanto de los dedos como de la capacidad para observar al otro. El tiempo que alguien tarda en responder, la manera en que mira una carta o un pequeño gesto podían ser más importantes que la propia técnica. La mano hacía el truco, pero la cabeza del espectador terminaba de construirlo.
La familia Tamariz ha explicado que Juan se despidió de este mundo acompañado por sus hijos, sin sufrir, sonriendo y en paz. Su hija Ana Tamariz, directora de la Gran Escuela de Magia de Madrid, ha heredado también esa relación con el oficio y se ha despedido públicamente de su padre reivindicando no sólo al mago, sino a la persona y al amor que siempre sintió por la magia.
Quizá por eso resulta extraño escribir que Juan Tamariz ha muerto. Porque los magos tienen esa ventaja: llevan toda la vida enseñándonos que las cosas no siempre son lo que parecen. Y Tamariz fue, entre otras muchas cosas, un especialista en hacer que una despedida pareciera el comienzo de otra cosa.
Se ha marchado el hombre, pero queda el personaje y, mucho más importante, queda la escuela. Quedan sus libros, sus discípulos, sus juegos, sus grabaciones y esa forma particular de entender la magia como una conversación entre dos personas en la que una de ellas sabe algo que la otra todavía ignora.
Queda también una baraja sobre una mesa y la memoria de aquel hombre extraño y entrañable que apareció un día en la televisión española con una chistera demasiado grande, una melena imposible y una sonrisa que parecía estar a punto de descubrirnos el secreto.
Juan Tamariz dedicó su vida a engañarnos bajo una sonrisa picarona. Pero lo hizo de la mejor manera posible: cuando terminaba el truco, nadie se sentía estafado. Al contrario. Durante unos minutos habíamos vuelto a ser niños. Y sonreíamos. Y eso, en estos tiempos, quizá sea la forma más difícil de magia que queda.