Eva Marie Saint, una de las últimas grandes actrices del Hollywood clásico y rostro inolvidable de Con la muerte en los talones y La ley del silencio, ha muerto a los 102 años en su casa de Los Ángeles, rodeada por su familia y sus seres queridos. Su fallecimiento, ocurrido el pasado 6 de octubre por causas naturales, pone fin a una carrera que comenzó en la televisión en directo de los años cuarenta, alcanzó el Oscar en su primera película y se prolongó durante casi ocho décadas.
Había nacido el 4 de julio de 1924 en Newark, Nueva Jersey, y antes de convertirse en actriz había pensado en dedicarse a la enseñanza. El teatro universitario cambió aquel propósito y la llevó primero a la radio y después a una televisión todavía primitiva, cuando los programas se emitían en directo y un actor no disponía de la posibilidad de repetir una escena hasta encontrar el gesto adecuado. Estudió en el Actors Studio de Nueva York y fue adquiriendo experiencia en algunos de los grandes dramas televisivos de la época, hasta que el cine llamó a su puerta.
Su debut cinematográfico tuvo algo de insólito. En 1954, Elia Kazan la eligió para interpretar a Edie Doyle en La ley del silencio, frente a Marlon Brando, en una película que retrataba la violencia, la corrupción y el silencio impuesto en los muelles de Nueva York. Saint convirtió aquel primer papel en una interpretación de enorme fuerza contenida y ganó el Oscar a la mejor actriz secundaria en 1955. Tenía entonces 30 años y estaba embarazada de su primer hijo, que nació apenas dos días después de la ceremonia.
El Oscar podía haber sido el comienzo de una carrera convencional dentro de la maquinaria de los grandes estudios, pero Eva Marie Saint eligió otro camino. Durante los años siguientes trabajó con algunos de los nombres fundamentales del cine estadounidense y aceptó una cantidad relativamente reducida de papeles, en parte porque quería preservar su vida familiar y criar junto a su marido, el director de televisión Jeffrey Hayden, a sus dos hijos. El matrimonio se prolongó durante 65 años, hasta la muerte de Hayden en 2016.
En 1959 llegó el personaje que terminaría asociado para siempre a su nombre. Alfred Hitchcock la eligió para interpretar a Eve Kendall en Con la muerte en los talones, junto a Cary Grant, después de haberla conocido por su trabajo dramático y de pedirle algo diferente de lo que había hecho hasta entonces. Saint se convirtió en la mujer elegante, ambigua y difícil de descifrar que acompaña a Grant en una de las películas esenciales del suspense estadounidense, atravesando estaciones, trenes, carreteras y paisajes que forman parte de la memoria colectiva del cine.
Hitchcock la incorporó así a una tradición de mujeres aparentemente frías y sofisticadas que escondían siempre algo detrás de la mirada, pero Saint nunca quedó reducida a aquella imagen. Después de Con la muerte en los talones trabajó con Otto Preminger en Éxodo, junto a Paul Newman, y con Vincente Minnelli en Castillos en la arena, además de compartir pantalla con Elizabeth Taylor, Montgomery Clift, Gregory Peck, Frank Sinatra, Yves Montand y otros grandes nombres de aquella generación. Su filmografía incluyó también títulos como El árbol de la vida, Gran Prix, La noche de los gigantes y ¡Que vienen los rusos!
La carrera de Saint nunca quedó encerrada en el cine. Regresó con frecuencia a la televisión, donde había comenzado, y en 1990 obtuvo un premio Emmy por su interpretación en la miniserie People Like Us. Su relación con la pequeña pantalla fue una constante durante décadas y explica también que Hollywood le concediera dos estrellas en el Paseo de la Fama, una por su trabajo cinematográfico y otra por su trayectoria televisiva.
El paso del tiempo tampoco consiguió apartarla completamente de las cámaras. Para una generación mucho más joven volvió a ser reconocible como Martha Kent, la madre de Superman, en Superman Returns, estrenada en 2006. Más adelante participó en otros proyectos cinematográficos y puso voz a personajes de animación, prolongando una carrera que había comenzado cuando Hollywood todavía estaba saliendo de los años cuarenta y que alcanzó incluso a producciones del siglo XXI.
En 2018, cuando tenía 93 años, regresó al escenario de los Oscar para entregar uno de los premios de la ceremonia. La imagen de aquella mujer que había compartido pantalla con Brando y Cary Grant, convertida ya en testigo de una parte enorme de la historia de Hollywood, tenía algo de reunión familiar con un tiempo que empezaba a desaparecer. Saint pertenecía a una generación de intérpretes formada en el teatro, la radio y la televisión en directo que después transformó la manera de actuar ante una cámara.
Su longevidad profesional fue inseparable de una cierta prudencia a la hora de elegir los papeles. Nunca quiso convertirse en una estrella permanentemente expuesta y en distintas ocasiones explicó que había preferido determinados trabajos y una vida familiar estable antes que aceptar cualquier proyecto que le ofreciera Hollywood. También mantuvo durante décadas, junto a Hayden, una relación especial con la literatura de Willa Cather, hasta el punto de crear un espectáculo de lecturas basado en su obra que llevaron por distintos lugares de Estados Unidos.
Con su muerte desaparece una de las últimas presencias vivas de aquel Hollywood en el que un actor podía pasar de los escenarios de Nueva York a una película de Kazan, de allí a una obra de Hitchcock y después compartir cartel con Newman, Taylor, Peck o Grant. Eva Marie Saint no necesitó una filmografía interminable para ocupar un lugar propio en la historia del cine. Le bastaron una primera película convertida en clásico, un Oscar y aquella Eve Kendall que todavía hoy aparece en las pantallas junto a Cary Grant cuando un tren atraviesa la noche y Hitchcock vuelve a poner en marcha su maquinaria de engaños, deseo y peligro.
Eva Marie Saint deja dos hijos, cuatro nietos y dos bisnietos. Se va con 102 años y con una carrera que atravesó siete décadas de cine y televisión, pero también con algo más difícil de conseguir para cualquier intérprete, la capacidad de pertenecer a una época concreta y, al mismo tiempo, seguir siendo reconocible para quienes llegaron mucho después.