Hubo un tiempo

“Hubo Un Tiempo” es una canción de Antoñito Molina, pero el título de este artículo va mucho más allá. Habla, o intenta hablar, de un tiempo en el que las cosas eran muy diferentes y, al mismo tiempo, muestra su perplejidad por cuestiones que acontecen ahora, con mayor o menor eco en la sociedad.

En estos tiempos que nos han tocado vivir también tenemos guerras, pero son distintas. Sigue habiendo un provocador y un justiciero, sigue habiendo balas e inteligencia, o falta de ella, pero ha llegado nuevo armamento como los drones que, aparte de matar personas, sirven, en tiempos de supuesta paz, para que los ineptos consigan cerrar aeropuertos y afectar a la vida de miles de personas.

Si hablamos de ineptos no acabaríamos nunca. Espero que la Justicia actúe con rotundidad ante aquellos que, con razón o sin razón, se sirven de obras de arte, para buscar popularidad. Una sinrazón propia de tiempos oscuros. Bendita Edad Media deberían vivir en sus carnes estos otros ineptos.

Pero hay un tema que, desde primera hora de este martes, ha llamado mi atención.  El ex presidente galo, Nicolas Sarkozy, ingresaba en la prisión de La Santé en París a las diez de la mañana. Quizás con cierta dosis de supuesta educación, llegaba con quince minutos de antelación a la que será su residencia habitual a partir de ahora, si sus abogados no lo evitan.

Lo más curioso es que llegaba de la mano de su amada Carla Bruni y rodeado de la banda sonora de numerosos seguidores entonando La Marsellesa y el nombre del reo novato. Al más puro estilo de Cristina Fernández de Kirchner que, en la Argentina, y ya condenada, saluda a sus más fieles seguidores desde el balcón, como si fuera Eva Perón, ya quisiera ella, pero con mayor currículo delictivo.

Hubo un tiempo, retomo el inicio de esto, en el que entrar en prisión era motivo de vergüenza para el que entraba y para toda su familia y allegados. Ahora parece que ya no, es síntoma inequívoco de orgullo y respeto para algunos. Cuanta degeneración, alentar a los delincuentes, si, delincuentes ya condenados, solo por adoctrinamiento o intereses pecuniarios. Estas dos cuestiones parece que son los motores del mundo actual y tienen tal poder que manejan medios de comunicación y gobiernos e, indudablemente, tapan con descaro las vergüenzas de unos y otros, aunque exista una incomprendida sentencia judicial por medio.

Me consuela, mínimamente, he de decir, que Nicolas Sarkozy tiene buen gusto literario. Aunque lo haya hecho por simple apariencia, que espero que no, se ha llevado a su nuevo château, junto a otras obras como la “Biografía de Jesús” de Jean-Christian Petitfils, los dos tomos de la maravillosa “El Conde de Montecristo” de Dumas. Al menos es un condenado con supuesta clase literaria.

Normalmente, la obra de Dumas debería ayudarle a asumir el paso del tiempo en prisión como si fuera receptor de los catorce años de presidio de Edmond Dantés. Pero ni eso, pues los casi tres lustros de Dantés en prisión estuvieron envueltos en aprendizaje y silencio, visto este último como un remedio para el dolor y un acicate para tramar venganza. Hubo un tiempo decía, pues Nicolas Sarkozy tiene televisión y teléfono fijo en su celda.

Paso con descaro del clásico francés a nuestro clásico más universal pues mucho me temo que el paso por la prisión de La Santé de Sarkozy se asemejará muchísimo más al paso de nuestro clásico, El Quijote, por la cueva de Montesinos, donde el ingenioso hidalgo pasa un tiempo que, para quienes esperan fuera, es mucho más corto.

Siempre nos quedará cierta esperanza ante aquel hubo un tiempo pues, como ese otro clásico de caballerías en lengua valenciana como es el “Tirant lo Blanch”, Don Quijote muere en su cama, cristianamente y tras haber hecho testamento, estando completamente cuerdo.

Tres imperdibles clásicos de la literatura después, acabo, como no podía ser de otra forma, con el hidalgo en sus últimos momentos: “…es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que porque ha habido entre él y mí ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno después de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; y si, como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece”. Felicidades, Carla Bruni.