Hay una escena de apenas cuatro segundos que quizá explique más del ambiente que rodeó la comparecencia de Pedro Sánchez que buena parte del discurso posterior. Instantes antes de que el presidente apareciera ante las cámaras para anunciar el adelanto electoral, Félix Bolaños y Diego Rubio salen caminando juntos del cónclave previo a la comparecencia. Los dos conocen ya lo que Sánchez está a punto de anunciar. Caminan hablando entre ellos y, pese a la tensión política del momento, aparecen relajados, incluso sonrientes. En el rostro de ambos queda una expresión que, contemplada después de escuchar al presidente, resulta cuando menos inquietante.
No hay en esos cuatro segundos ninguna declaración, ningún gesto explícito que permita atribuirles una intención concreta. Sólo una imagen. Bolaños y Rubio avanzan juntos mientras Sánchez está a punto de comparecer para anunciar que los españoles volverán a las urnas el 29 de noviembre. Ellos ya saben lo que va a suceder. El espectador todavía no.
La escena adquiere otra dimensión cuando se conoce el contenido de la intervención que llega inmediatamente después. Sánchez anuncia el adelanto electoral, reivindica los resultados de su Gobierno, habla de crecimiento, empleo, desigualdad, servicios públicos y vivienda, menciona cuatro veces el acceso a la vivienda y sitúa frente a su proyecto la amenaza de una «ola ultraderechista». Ceuta, la inmigración, la frontera y Marruecos no aparecen en el discurso.
Cuatro segundos antes, dos de los hombres que forman parte del núcleo político de La Moncloa salen juntos de la reunión en la que esa decisión ya era conocida. Bolaños y Rubio hablan entre ellos y sonríen. No sabemos qué se están diciendo y sería absurdo convertir una expresión facial en una prueba de nada. Pero las imágenes tienen a veces esa capacidad incómoda de revelar un ambiente que las palabras posteriores intentan ordenar.
Y quizá por eso merece la pena conservar esos cuatro segundos. No porque demuestren una conspiración, ni porque permitan saber qué pensaban exactamente sus protagonistas, sino porque colocan al espectador delante de una paradoja visual: mientras el país está a punto de conocer una decisión que abre una campaña electoral anticipada, dos de los hombres que ya conocen el desenlace caminan juntos con una tranquilidad que contrasta con la gravedad de lo que está a punto de suceder.
Entre ellos está Diego Rubio, el hombre que dirige el Gabinete del presidente y cuya trayectoria intelectual sobre el engaño, la posverdad y los mecanismos del poder estamos siguiendo desde otra investigación. Y aparece también Bolaños, ministro de la Presidencia y uno de los hombres fundamentales de la arquitectura política del Ejecutivo. Los dos salen de la reunión. Sánchez todavía no ha hablado. Después llegaría el discurso. Y después vendrá la campaña, pero antes están esos cuatro segundos tan reveladores como significativos.