La lectura resiste el ruido de su anunciado declive

La alarma sobre la pérdida del hábito de leer se ha convertido en una constante del debate cultural actual, pero los datos del mercado editorial dibujan un panorama menos sombrío. Mientras algunos titulares anuncian el final de la lectura, las ventas de libros crecen en Estados Unidos y el mercado editorial español supera los 3.100 millones de euros de facturación y el porcentaje de lectores por ocio aumenta en nuestro país. La supuesta agonía del libro convive, por tanto, con indicadores que invitan a revisar el injusto y pesaroso diagnóstico.

Nathan Heller aborda esta paradoja moderna en The New Yorker a través de James Daunt, una de las figuras más influyentes del negocio librero anglosajón. Fundador de la cadena independiente Daunt Books en el Reino Unido, Daunt asumió después la dirección de Waterstones y, en 2019, la de Barnes & Noble, la gran cadena estadounidense que durante años pareció condenada a perder terreno frente a la venta digital. Su trayectoria le permite observar desde dentro una transformación que no afecta únicamente a los libros, sino también a la manera en que los lectores los descubren y deciden qué merece su tiempo.

La publicación estadounidense recuerda que las ventas de libros han aumentado significativamente durante la última década, mientras el número de librerías independientes se ha disparado. Las previsiones apuntan, además, a que el mercado editorial mundial seguirá creciendo en los próximos años. Frente a los diagnósticos que describen una sociedad cada vez más alejada de los libros, Daunt mantiene su confianza en el futuro de la lectura y defiende una idea que trasciende las cifras comerciales, cuantas más librerías existan, más oportunidades habrá de que la gente lea; cuanto mejores sean, más posibilidades tendrán los lectores de descubrir obras que de otro modo pasarían inadvertidas.

España ofrece argumentos para acompañar ese optimismo prudente. Según la Federación de Gremios de Editores de España, el mercado editorial facturó 3.138,51 millones de euros en 2025, un 3,3 % más que el año anterior. En la última década, el incremento alcanza el 35,4 % a precios corrientes y el 10,4 % una vez descontada la inflación. No se trata, por tanto, de un crecimiento explicado exclusivamente por la subida de los precios, aunque la diferencia entre ambas magnitudes obliga a distinguir entre la expansión económica del sector y su evolución real.

También aumenta el hábito lector. El Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros de 2025 sitúa en el 66,2 % la proporción de españoles que leen libros en su tiempo libre, 6,5 puntos porcentuales más que en 2017. El dato resulta especialmente significativo cuando el debate se centra en las nuevas generaciones: entre los jóvenes de 14 a 24 años, el porcentaje alcanza el 76,9 %. Las cifras no permiten afirmar que todos esos lectores mantengan la misma frecuencia, profundidad o capacidad de comprensión, pero sí cuestionan la imagen de una juventud que hubiera dado definitivamente la espalda a los libros.

Las librerías tradicionales conservan una posición relevante en el mercado español. En 2025 concentraron el 40,5 % de la facturación de los libros en papel, porcentaje que asciende al 60,6 % cuando se suman las cadenas de librerías. El comercio electrónico ha transformado la distribución y la manera de comprar, pero estos datos muestran que los establecimientos físicos continúan desempeñando un papel central en la relación entre los libros y sus lectores.

La coincidencia entre ambos mercados no debe ocultar las diferencias estadísticas. El crecimiento de las ventas estadounidenses y la expansión de las librerías independientes no son magnitudes directamente equivalentes a la facturación total del sector editorial español. Tampoco el aumento de las ventas demuestra, por sí solo, que se lea más o que se comprenda mejor lo leído. Comprar libros, dedicarles tiempo y desarrollar una capacidad crítica a través de ellos son fenómenos relacionados, pero distintos. Conviene desconfiar tanto del optimismo automático de las cifras comerciales como de las profecías que anuncian el final de la cultura escrita cada vez que aparece una nueva tecnología.

La defensa de Daunt adquiere su verdadero sentido cuando deja de hablarse exclusivamente de ventas. Una librería no es solo un establecimiento que distribuye mercancías. También es un espacio de selección, recomendación y encuentro, en el que el criterio del librero puede conducir al lector hacia territorios que no había previsto explorar. Frente a un entorno digital que ordena las preferencias a partir de los hábitos previos de cada usuario, la librería conserva la posibilidad de la sorpresa. El lector entra buscando un título y sale con otro; se detiene ante una cubierta desconocida, escucha una recomendación o encuentra un autor del que nunca había oído hablar.

Esa experiencia resulta difícil de medir en términos de rentabilidad inmediata, pero forma parte de la vida cultural de una sociedad. Las librerías independientes que reivindica Daunt no se limitan a poner libros a disposición del público: construyen una selección, proponen recorridos y ofrecen una mirada sobre el mundo. Su valor reside también en aquello que escapa a la lógica de la compra rápida, desde el descubrimiento de una obra inesperada hasta la conversación con alguien capaz de orientar una lectura sin convertirla en una operación automatizada.

Las redes sociales han creado, por otra parte, nuevas formas de recomendación y han acercado determinados géneros a lectores que quizá nunca habrían entrado en una librería por iniciativa propia. Las comunidades digitales dedicadas a los libros han contribuido a popularizar autores y títulos, especialmente entre los jóvenes, aunque también pueden favorecer el consumo acelerado de novedades y la repetición de tendencias. El cambio en los canales de acceso no equivale necesariamente a un retroceso cultural. El desafío consiste en aprovechar las nuevas vías de descubrimiento sin renunciar a la curiosidad, la diversidad y el esfuerzo intelectual que exige una lectura atenta.

En una época dominada por la velocidad, leer conserva una exigencia que la distingue de buena parte del consumo digital. Un libro reclama tiempo, concentración y continuidad. Obliga a permanecer en una historia, seguir un razonamiento, aceptar una incertidumbre o enfrentarse a una idea incómoda. No ofrece siempre la recompensa inmediata que prometen las aplicaciones diseñadas para retener nuestra mirada. Leer supone, en ocasiones, detenerse cuando todo alrededor invita a pasar a otra cosa, y mantener la atención cuando la distracción se ha convertido en uno de los productos más rentables de la economía digital.

Por eso, el futuro de la lectura no depende exclusivamente de lamentar los hábitos que desaparecen, sino de crear las condiciones para que surjan otros. Las librerías, las bibliotecas, las escuelas y las familias tienen un papel decisivo en esa tarea. No basta con pedir a los jóvenes que lean; es necesario ofrecerles libros, espacios, recomendaciones y motivos para hacerlo. Tampoco basta con celebrar el crecimiento de la facturación editorial si no se presta atención a la comprensión lectora, al acceso a la cultura y a las desigualdades que todavía condicionan las oportunidades de cada lector.

La experiencia de James Daunt y los datos españoles apuntan en una dirección semejante pues el libro no necesita que se lo declare moribundo para demostrar su importancia, ni que se confunda el crecimiento de un mercado con una victoria cultural. Necesita lectores, buenos libros y lugares donde encontrarlos. En esa tarea, las librerías siguen teniendo algo que las pantallas difícilmente pueden reproducir por completo y es la posibilidad de descubrir, por azar, por consejo de un amigo o, simplemente, gracias a otro lector, una obra que termine cambiándonos la manera de mirar y habitar el mundo.

Dejaremos para otro momento el amor por el olor de las páginas de los libros pues muchos geeks o tecnófilos que viven entre nosotros son incapaces de enteder tal grado de romanticismo. Esa pasión por las hojas de los libros la causa la lignina (el papel se fabrica a partir de la madera y esta contiene un polímero orgánico llamado lignina que, con el paso de los años, se oxida y se descompone, liberando compuestos orgánicos volátiles en el aire que nos atraen de alguna manera. A ello se suman también notas aromáticas familiares y es que al degradarse el papel se liberan compuestos químicos con aromas que nos resultan agradables, la vainillina que produce ese inconfundible aroma dulce a vainilla, el furfural que aporta notas que recuerdan al caramelo, la almendra o el pan tostado, además del benzaldehído y aldehídos que desprenden un toque a almendras amargas o pasto seco. Aunque no poedmos olvidar que el anhelado olor varía según la composición del papel, las tintas y el envejecimiento, por ejemplo, la vainillina puede contribuir al aroma de algunos libros antiguos, pero no todos desprenden los mismos compuestos ni huelen igual. Como la vida misma. Es la bibliosmia, el amor y placer por el olor de las páginas de los libros que, lejos de ser una simple manía de los lectores, combina una fascinante explicación química y una profunda respuesta psicológica de humanos que viajan en el tiempo con un libro entre las manos.