Resultados esperanzadores contra el melanoma

Moderna y Merck logran en fase 3 resultados positivos con una terapia personalizada de ARN mensajero contra el melanoma, un avance que abre una nueva puerta en la lucha contra uno de los tumores más agresivos y que en territorios como Lanzarote adquiere una dimensión especialmente cercana.

Hay enfermedades que llegan haciendo ruido y otras que prefieren esperar. El melanoma pertenece a las segundas. Puede esconderse durante un tiempo bajo una mancha que parecía insignificante, avanzar sin pedir permiso y, cuando finalmente enseña los dientes, hacerlo lejos del lugar donde comenzó. En una isla como Lanzarote, donde el sol forma parte del paisaje tanto como el viento, el mar o la piedra volcánica, hablar de cáncer de piel no es hablar de una amenaza remota.

Este miércoles, sin embargo, la historia ha dado un giro que hace unos años habría parecido propio de una novela de ciencia ficción: Moderna y Merck han anunciado resultados positivos en la fase 3 de un tratamiento personalizado basado en ARN mensajero diseñado para combatir el melanoma. El estudio, realizado sobre 1.137 pacientes con melanoma de alto riesgo a los que se había extirpado quirúrgicamente el tumor, ha demostrado una mejora estadísticamente significativa de la supervivencia libre de recaída cuando la terapia se administra junto con pembrolizumab, la inmunoterapia de Merck comercializada como Keytruda, frente al tratamiento únicamente con este último fármaco.

La palabra importante quizá no sea vacuna. Tampoco Moderna. Ni siquiera ARN mensajero. La palabra importante es personalizada porque esta no es una vacuna que se fabrica en millones de unidades para que millones de personas reciban exactamente lo mismo. No pretende prevenir que una persona sana desarrolle un melanoma. No funciona como las vacunas tradicionales contra un virus. Es una terapia que se fabrica mirando primero al enemigo.

Después de extirpar el tumor, los investigadores estudian su material genético y buscan las mutaciones que distinguen aquellas células cancerosas de las células sanas. Con esa información se diseña una molécula de ARN mensajero capaz de presentar al sistema inmunitario hasta 34 neoantígenos, algo parecido a entregar a los linfocitos una fotografía robotizada del sospechoso que deben buscar.

Y entonces empieza la parte más interesante. El ARN mensajero no mata directamente el tumor. Da instrucciones al organismo para que enseñe al sistema inmunitario qué debe reconocer. Los linfocitos aprenden la firma molecular de aquellas células malignas y quedan preparados para localizarlas y atacarlas. La vacuna, en cierto modo, no dispara el arma: enseña a quien lleva el arma dónde está el objetivo. Es una idea que cambia radicalmente la vieja imagen de la lucha contra el cáncer.

Durante décadas, la oncología ha combatido los tumores con herramientas que, aunque cada vez más sofisticadas, tenían una lógica relativamente sencilla: cortar, quemar o intoxicar. La cirugía intenta sacar el tumor; la radioterapia destruye células mediante radiación; la quimioterapia utiliza fármacos capaces de atacar células que se dividen rápidamente. Son tratamientos que han salvado y siguen salvando millones de vidas, pero que no siempre pueden distinguir con absoluta precisión entre una célula enferma y una célula sana. La medicina oncológica lleva años intentando cambiar esa lógica.

Primero llegó con fuerza la medicina dirigida, capaz de buscar determinadas alteraciones moleculares que alimentan el crecimiento de un tumor. Después llegó la gran revolución de la inmunoterapia, basada en una idea tan sencilla como extraordinaria: quizá el cuerpo ya tenga un ejército capaz de destruir el cáncer y el problema sea que el tumor ha aprendido a esconderse de él.

Los inhibidores de los llamados puntos de control inmunitario, entre ellos pembrolizumab, han cambiado el pronóstico de pacientes con determinados melanomas y otros cánceres. Estos tratamientos actúan retirando algunos de los frenos que impiden a los linfocitos atacar. El propio Instituto Nacional del Cáncer estadounidense considera que los inhibidores de estos puntos de control han abierto una nueva era en el tratamiento de diversos tumores.

Pero incluso esa revolución tiene un problema: no todos los pacientes responden y algunos tumores terminan desarrollando resistencia. De ahí que la investigación actual busque combinaciones capaces de hacer algo más que quitar el freno al sistema inmunitario. Y ahí entra esta nueva generación de vacunas. La propuesta de Moderna y Merck consiste precisamente en combinar ambas estrategias: Keytruda libera los frenos y la vacuna personalizada señala el objetivo.

El resultado anunciado en fase 3 es, por eso, especialmente relevante. Las compañías aseguran que la combinación mejoró tanto la supervivencia libre de recaída como la supervivencia libre de metástasis a distancia frente a Keytruda en solitario. Pero hay que poner el entusiasmo en su sitio: los laboratorios han comunicado por ahora resultados positivos de un análisis intermedio y todavía no han hecho públicos todos los datos numéricos del ensayo. Tampoco se conoce aún el resultado definitivo sobre supervivencia global. Los datos completos deberán presentarse en un congreso médico y remitirse posteriormente a las autoridades reguladoras. Es decir: hay una noticia extraordinaria, pero todavía no hay una cura universal contra el cáncer.

Y conviene decirlo así porque el cáncer nunca ha sido una sola enfermedad. Es una familia entera de enfermedades, cada una con sus propias trampas, mutaciones, velocidades y estrategias de supervivencia. Lo que funciona contra un melanoma puede no funcionar contra un cáncer de páncreas. Lo que funciona en un paciente puede fracasar en otro. La medicina lleva precisamente años intentando resolver ese problema. Ya existen vacunas terapéuticas contra determinados tipos de cáncer. Una de ellas, sipuleucel-T, está aprobada para algunos pacientes con cáncer de próstata avanzado. También existe una terapia con virus modificados, T-VEC, utilizada en determinados melanomas, que busca destruir las células tumorales y provocar al mismo tiempo una respuesta inmunitaria.

Y hay otra frontera todavía más espectacular: las terapias celulares. Las llamadas CAR-T consisten, simplificando mucho, en extraer células inmunitarias del propio paciente, modificarlas en el laboratorio para convertirlas en cazadoras más eficaces y devolverlas después al organismo. Han conseguido respuestas extraordinarias en algunos cánceres de la sangre, aunque su utilización contra tumores sólidos continúa siendo mucho más complicada.

También se han desarrollado terapias basadas en linfocitos infiltrantes del tumor, conocidos como TIL, que intentan aprovechar las propias células defensivas que ya han conseguido entrar en el cáncer. En melanoma avanzado existe incluso una terapia TIL aprobada en Estados Unidos, un paso que hasta hace poco pertenecía también al territorio de lo experimental.

Todo conduce hacia una misma dirección: dejar de tratar al cáncer como un enemigo genérico para intentar conocer exactamente qué enemigo tiene delante cada paciente.

La terapia de Moderna y Merck lleva esa filosofía un paso más allá. Su materia prima no es únicamente un medicamento fabricado para un tipo de cáncer. Es la información genética de cada tumor. Y ahí reside también su principal interrogante. Si cada tratamiento debe diseñarse a partir del tumor de una persona, habrá que responder preguntas que no son exclusivamente médicas. ¿Cuánto costará fabricar cada dosis? ¿Cuánto tiempo será necesario para producirla? ¿Podrán los sistemas sanitarios asumir tratamientos verdaderamente personalizados si algún día se extienden a miles o millones de pacientes? ¿Será posible fabricar estas vacunas con la rapidez suficiente para que lleguen a tiempo? Son preguntas tan importantes como la propia eficacia.

Porque el gran salto de la medicina contra el cáncer no consiste únicamente en descubrir tratamientos capaces de funcionar. Consiste también en conseguir que esos tratamientos puedan fabricarse, distribuirse y administrarse a quienes los necesitan.

Por ahora, el anuncio de Moderna y Merck supone algo más concreto y, al mismo tiempo, más importante: la primera señal positiva de fase 3 para una terapia contra el cáncer basada en ARNm de esta naturaleza, según las compañías.

La tecnología que hace apenas unos años se convirtió en protagonista de una pandemia mundial vuelve a ocupar los titulares, pero esta vez frente a un enemigo completamente distinto. No se trata de enseñar al cuerpo a reconocer un virus que llega desde fuera. Se trata de enseñarle a reconocer algo que nació dentro de él. Y quizá esa sea la parte más fascinante de esta historia: durante mucho tiempo, uno de los grandes problemas del cáncer fue precisamente que el sistema inmunitario no sabía distinguir con claridad al enemigo de aquello que debía proteger. Ahora la medicina intenta entregarle un mapa. Un mapa diferente para cada paciente, construido a partir de las huellas que dejó su propio tumor.

En Lanzarote, donde el sol puede ser compañero y enemigo al mismo tiempo, la noticia merece algo más que un titular sobre una vacuna. Merece atención porque detrás de las cifras, de las farmacéuticas y de los mercados bursátiles hay una transformación más profunda: la oncología está dejando de preguntarse únicamente cómo destruir un cáncer y empieza a preguntarse cómo conseguir que el propio cuerpo aprenda a hacerlo.

Todavía queda camino. Los resultados completos están pendientes. La autorización de las agencias reguladoras también. Y nadie serio debería utilizar todavía palabras como «cura» o «final del cáncer». Pero la puerta se ha abierto. La esperanza ha crecido y, esta vez, al otro lado, no hay una vacuna para todos. Hay una vacuna para cada tumor y es un paso enorme para las personas.