Stanley Tucci reivindica la libertad del artista frente a la obligación de convertir el arte en política

Stanley Tucci no cree que un artista tenga que justificar su trabajo ante el tribunal de las causas del momento. Puede hacerlo, si quiere, pero no está obligado a convertir cada película, cada cuadro o cada página en un manifiesto. «Cualquiera que se dedique al arte no tiene la obligación de hacer una declaración política», sostiene el actor estadounidense en una entrevista concedida a Europa Press con motivo del estreno de Masterplan, una comedia de atracos que llegará a Prime Video el próximo 16 de octubre y que utiliza el robo de la Mona Lisa como punto de partida para una historia de delincuentes, secretos familiares y alianzas inesperadas.

La reflexión de Tucci va más allá de la promoción de una película. En un momento en que la cultura se ve sometida con frecuencia a la exigencia de tomar posición ante los conflictos políticos y sociales, el intérprete defiende que la creación debe conservar un territorio propio, libre de obligaciones impuestas desde fuera. A su juicio, el arte puede ser político, pero también puede limitarse a explorar una emoción, contar una historia o buscar la belleza, sin que ninguna de esas opciones necesite una coartada ideológica.

«El arte es una forma de autoafirmación biológica. El arte es dejar tu huella», explica Tucci en la entrevista, en la que insiste en que cada creador debe decidir qué quiere hacer con su obra. Un artista puede convertir su trabajo en una intervención política o buscar una finalidad puramente decorativa, pero la elección, sostiene, le corresponde a él y no a quienes esperan que toda expresión cultural responda a una causa determinada.

La cuestión no es nueva. Desde las discusiones sobre el compromiso político de los escritores hasta las controversias contemporáneas sobre la responsabilidad pública de actores, cineastas y músicos, la relación entre arte e ideología ha alimentado un debate que difícilmente admite una respuesta definitiva. La creación nunca nace completamente aislada de su tiempo, pero de ahí no se desprende que toda obra deba someterse a una consigna ni que su valor pueda medirse exclusivamente por el mensaje que transmite.

Tucci encuentra una forma de ilustrar esa tensión en la propia Mona Lisa, el cuadro de Leonardo da Vinci que protagoniza el argumento de Masterplan y que lleva siglos resistiéndose a una interpretación definitiva. Preguntado por la fascinación que sigue ejerciendo la pintura, el actor apunta a su carácter enigmático, a la composición, a los ojos y a esa sonrisa cuya expresión parece cambiar según quien la contempla. No cree que lleguemos a descifrarla por completo, y acaso sea precisamente esa resistencia a quedar encerrada en una explicación lo que mantiene viva su capacidad de seducción.

La película dirigida por Thomas Vincent convierte esa obra maestra en el objetivo de un golpe que reúne a tres personajes con más asuntos pendientes de los que imaginaban. Según la sinopsis publicada por la productora Gaumont y por Amazon, Tucci interpreta a un ladrón veterano que recluta a dos jóvenes desconocidos para robar el cuadro del Louvre. Chiara, encarnada por Simona Tabasco, es una especialista italiana en ciberdelincuencia; Jay, interpretado por Victor Belmondo, un experto francés en explosivos. El plan da un giro cuando el veterano les revela que son hermanos y que él es su padre, de modo que el atraco termina convertido también en una reunión familiar tan inesperada como conflictiva.

Producida por Gaumont y Amazon MGM Studios y rodada en distintas localizaciones de Francia e Italia, Masterplan mezcla el thriller criminal con la comedia y utiliza el robo imposible como motor de una historia sobre las relaciones familiares. La dirección corre a cargo de Thomas Vincent, responsable de trabajos televisivos como Reacher y Bodyguard, mientras que el guion está firmado por Vincent y David Wolstencroft, conocido por su trabajo en la ficción británica Spooks.

Tucci también reivindica el valor de las colaboraciones internacionales en una Europa donde las diferencias políticas vuelven a ocupar un espacio central en el debate público. La coproducción francoitaliana le sirve para defender que el cine y las demás artes pueden ofrecer un terreno común entre personas y sociedades que no necesariamente comparten las mismas posiciones. En su opinión, esas colaboraciones permiten aprender a relacionarse de forma civilizada, precisamente cuando la conversación pública tiende a fragmentarse.

El actor, que ha construido una carrera capaz de alternar el drama, la comedia y personajes secundarios de gran personalidad, no plantea que el arte deba permanecer ajeno a la política, sino que la decisión de implicarse no puede convertirse en una obligación universal. La diferencia es importante: defender la libertad del creador no significa negar que una película pueda intervenir en la realidad, sino reconocer que también puede hacerlo sin pronunciar un discurso explícito o que, sencillamente, puede perseguir otros objetivos.

Cuando Masterplan llegue a Prime Video, el espectador encontrará una historia de ladrones que intentan hacerse con uno de los cuadros más célebres del mundo y una familia que descubre sus vínculos en el peor momento posible. Fuera de la pantalla queda la cuestión que plantea Tucci: si el arte pierde parte de su libertad cuando se le exige que tome partido antes incluso de que haya tenido ocasión de contar su historia.