El último lector por Gonzalo Mejías

El último lector por Gonzalo Mejías

Todo aquel que me conoce mínimamente sabe que los libros y el cine son, según algunos, mi perdición, según otros, mi salvación. Quiero recurrir a dos imágenes del cine, clásicas y eternas, que quizá expliquen mejor que muchas páginas de historia lo que significa descubrir que un mundo ha desaparecido. Esa sensación a lo Edmundo Dantés que me abraza desde hace algún tiempo.

En una de esas películas, Charlton Heston cabalga junto a Nova por una playa desierta hasta que algo emerge de la arena y del mar. Al principio no sabemos qué está viendo. Después lo entendemos nosotros al mismo tiempo que él, lo que vemos son los restos de la Estatua de la Libertad. Taylor cae de rodillas porque acaba de comprender que no está en otro planeta. Está en el suyo, en la Tierra. Lo que ha desaparecido no es su planeta, sino el mundo que conocía. La humanidad que él recordaba ya no existe y la civilización que había levantado aquella estatua ha quedado reducida a una ruina frente al océano. La película de Franklin J. Schaffner convirtió aquella revelación en una de las imágenes más poderosas de la ciencia ficción, la imagen del viajero que buscaba otro mundo y descubre que ha regresado al suyo, solo que demasiado tarde.

La otra imagen que me viene a la mente resulta mucho menos espectacular y, quizá por eso, sea todavía más inquietante. En un futuro remoto, una máquina vinculada a una antigua biblioteca de Nueva York conserva algo de lo que fue la cultura humana. Entre los restos de ese mundo puede recuperar un libro y leerlo en voz alta, Las aventuras de Huckleberry Finn. La máquina encuentra a Mark Twain, todavía sabe pronunciar sus palabras y todavía conserva el libro. Lo verdaderamente inquietante no está en el libro, sino en quienes lo escuchan. El texto permanece, pero parece haberse perdido buena parte del mundo cultural necesario para comprender por qué aquellas palabras fueron importantes.

Entre una playa con la Estatua de la Libertad enterrada en la arena y una biblioteca capaz de seguir leyendo cuando casi nadie recuerda qué significan los libros hay una distancia de miles de años, pero también una misma pregunta. ¿Qué queda de una civilización cuando sus edificios, sus símbolos y sus libros sobreviven a las personas que sabían reconocerlos?

Quizá Sócrates habría entendido perfectamente la inquietud que hay detrás de esas dos imágenes. En el Fedro, Platón pone en su boca la historia de Theuth, el dios egipcio que presenta al rey Thamus una de sus invenciones, la escritura. Theuth la considera una medicina para la memoria y un instrumento para aumentar el conocimiento. Thamus desconfía de aquella promesa y sostiene que los hombres acabarán confiando en signos exteriores en lugar de ejercitar su propia memoria. La escritura conservará las palabras, pero no necesariamente producirá conocimiento en quienes las lean. La memoria puede quedar depositada fuera del hombre sin permanecer verdaderamente dentro de él y hay una paradoja extraordinaria en esa historia. Nosotros conocemos la advertencia de Sócrates porque Platón la escribió. El filósofo que desconfiaba de una memoria convertida en objeto terminó llegando hasta nosotros gracias precisamente a esa tecnología que estaba siendo cuestionada, algo muy cercano a esa máquina de la biblioteca neoyorquina. Quizá ahí haya una primera lección para este tiempo que nos ha tocado habitar. La misión de conservar una palabra no significa necesariamente conservar aquello que la palabra significaba. Podemos guardar un libro durante dos mil años y perder, en algún momento, la sensibilidad necesaria para leerlo.

Cicerón comprendió algo parecido desde el otro extremo de la vida. En De senectute habla de la memoria de lo vivido como uno de los grandes frutos de la vejez y vuelve, una y otra vez, sobre la relación entre los hombres presentes y aquellos que los precedieron. Para él, recordar no es simplemente mirar hacia atrás, es recibir una herencia. El pasado permanece disponible para quien sabe volver a él y, de alguna manera, permite que los muertos continúen conversando con los vivos. En otros textos, Cicerón llega a describir cómo determinados lugares son capaces de despertar la memoria de quienes estuvieron allí, como si el espacio pudiera conservar una parte de las personas que lo habitaron.

Séneca llevaría esa relación con el tiempo a un terreno todavía más íntimo. En De brevitate vitae divide nuestra existencia entre lo que fue, lo que es y lo que será. El presente es breve, el futuro, incierto y el pasado, en cambio, es aquello que ya hemos vivido y que nadie puede arrebatarnos. «Quod egimus certum», escribe, lo que hemos vivido es seguro. El pasado adquiere así una condición extraña, mientras el futuro todavía no existe y el presente se nos escapa, aunque intentemos retenerlo. Lo vivido queda detrás de nosotros como una zona de la existencia a la que podemos regresar.

Quizá por eso la sensación imperante de pérdida se hace más intensa cuando uno empieza a sospechar que el mundo que recibió de quienes estuvieron antes puede no llegar completo a quienes vendrán después. Incluso desaparecer. No hace falta pensar que el pasado fue mejor. Basta con comprender que hubo un mundo que produjo determinadas obras, determinadas músicas, determinadas formas de educación, determinadas palabras y determinadas maneras de entender la vida, y que ese mundo puede estar alejándose sin pausa hasta convertirse en algo que nuestros hijos reconozcan solamente como una colección de referencias antiguas o, simplemente, ni lo reconozcan.

H. G. Wells había imaginado esa posibilidad mucho antes de que el cine nos mostrara una Estatua de la Libertad enterrada en una playa. Cuando el viajero del tiempo llega al futuro remoto de La máquina del tiempo descubre que la civilización que esperaba encontrar no ha alcanzado una culminación, sino que ha pasado su cénit y ha comenzado a degradarse. Los Eloi y los Morlocks son el resultado de una humanidad que ha llevado determinadas tendencias hasta sus últimas consecuencias. Wells llega incluso a comparar a los Eloi con los reyes carolingios, una clase que conserva las apariencias del poder después de haber perdido la fuerza que alguna vez sostuvo aquel poder.

El futuro de Wells no es una recompensa. Es pura arqueología. El viajero del tiempo camina por los restos de una civilización que procede de la suya y descubre que el progreso no garantiza la conservación de aquello que hizo posible ese progreso. La humanidad puede avanzar técnicamente mientras retrocede en otros aspectos. Puede llegar muy lejos y, al mismo tiempo, perder por el camino parte de aquello que la hizo ser reconocible.

Eso es lo que une a Wells con aquella playa de 1968. Taylor mira la Estatua de la Libertad y descubre que el futuro no era un lugar desconocido al que había llegado desde fuera, sino las ruinas de su propia casa. El viajero del tiempo descubre algo parecido cuando comprende que aquella humanidad futura procede de la suya y que la civilización que él conoce ha quedado atrás. En ambos casos, el futuro no aparece como una promesa, sino como una forma de mirar hacia atrás con muchos temores acumulados.

Y quizá por eso El conde de Montecristo me parece otra pieza esencial de esta historia e ineludible. Dumas sitúa a Edmond Dantès en medio de una Francia que acaba de atravesar una de esas fracturas que cambian el significado de las cosas. La novela arranca en 1815, con el regreso de Napoleón, y atraviesa después la Restauración y los cambios políticos y sociales de las décadas siguientes. Dantès sale de prisión y descubre que no solamente han pasado los años, comprueba que ha desaparecido el mundo en el que fue encerrado.

Lo extraordinario es que Dumas no necesita convertir aquella transformación en una explicación histórica, lo convierte en experiencia humana, en una obra maestra e inmortal de la literatura. Un hombre puede sobrevivir a una época y descubrir que sobrevivir no significa seguir perteneciendo al mundo que conoció. Puede reconocer las calles, los edificios, los nombres y las personas, y, sin embargo, sentir que absolutamente todo ha cambiado de lugar. El mundo continúa físicamente en pie, pero las relaciones entre sus piezas ya no son las mismas. Que sensación tan conocida.

Quizá eso sea también una de las formas de la nostalgia que más nos cuesta explicar. No se trata de querer volver a una época determinada. Nadie sensato querría recuperar la pobreza, las guerras, las desigualdades o los fanatismos que acompañaron a buena parte de aquellas sociedades. La Europa que produjo sus grandes catedrales, sus universidades, sus sinfonías y sus novelas también produjo miserias que no conviene convertir en leyenda. Dickens conoció una sociedad profundamente desigual. Dumas escribió en una Europa atravesada por revoluciones y cambios políticos. La Europa de Stefan Zweig, tantas veces recordada como un mundo perdido, estaba también llena de tensiones que terminarían conduciéndola al desastre. Reconocer todo eso no obliga a negar aquello que tuvo de extraordinario.

Tal vez ahí se encuentre una parte de lo que Arturo Pérez-Reverte lleva años señalando cuando habla de Europa y de la pérdida de determinados referentes culturales. Su diagnóstico puede discutirse y debe ser entendido como una interpretación, no como una verdad histórica definitiva, aunque el paso del tiempo vaya dibujando sus palabras. Las civilizaciones no desaparecen de una manera tan sencilla como desaparecen los imperios de los libros de Historia. Europa ha cambiado muchas veces y seguirá cambiando. Pero hay una pregunta que merece ser separada de cualquier discusión política, ¿qué siente una persona cuando empieza a sospechar que el mundo cultural al que pertenece está dejando de ser compartido?

Porque quizá eso sea lo que más duele de la nostalgia. No añorar una época concreta, sino descubrir que aquello que uno ama empieza a necesitar demasiadas explicaciones.

Un libro deja de formar parte de una conversación común y pasa a ser una rareza. Una pieza musical deja de ser una referencia compartida. La educación cambia sus prioridades, solo hay que leer a Juan Manuel De Prada pidiendo a gritos la vuelta a las Humanidades y a los clásicos. La literatura tiene que explicar para qué sirve. El arte necesita demostrar su utilidad. Y hasta las palabras empiezan a cargarse con significados políticos interesados que muchas veces no tenían cuando fueron aprendidas. Entonces ocurre algo extraño, uno no deja de entender aquello que ama, pero empieza a tener dificultades para encontrar a alguien con quien compartirlo.

Quizá ahí se encuentre una de las formas más profundas de la soledad contemporánea. No estar solo porque no haya gente alrededor, sino porque determinadas cosas que para uno siguen teniendo un valor enorme han dejado de formar parte del lenguaje común.

También lo he pensado muchas veces desde el periodismo. Hay palabras que uno empieza a esquivar porque sabe que ya no serán recibidas por lo que significan, sino por el lugar político que alguien ha decidido asignarles. Incluso rehuir determinadas palabras porque el mecenas que la encarga no la entiende desde su púlpito de poder. Hay temas que deberían poder discutirse desde la cultura y que terminan convertidos en trincheras. La literatura, la música, la educación y hasta la historia parecen necesitar cada vez más un salvoconducto ideológico para poder entrar en una conversación. Y quizá lo verdaderamente preocupante no es que existan desacuerdos. Entiendo que una cultura viva necesita discutir. Lo preocupante sería perder la capacidad de admirar aquello con lo que no estamos de acuerdo.

Podemos no compartir las ideas políticas de un escritor y seguir reconociendo su talento. Podemos discutir con Pérez-Reverte o con Juan Manuel de Prada sin necesidad de negar que son escritores capaces de construir una página que otros no saben construir, ni tan siquiera soñar. La polarización que respira España actualmente lo complica enormemente. Podemos leer a autores cuyos valores estén muy lejos de los nuestros y descubrir, precisamente por eso, que la literatura nos permite entrar durante un rato en una cabeza y unos valores que no son los nuestros.

Sócrates, en el Fedro, introduce otra idea que resulta especialmente útil para este tiempo. Después de hablar de la escritura, Platón contrapone el texto fijo con el discurso vivo, aquel que puede responder a quien lo interroga y adaptarse a la persona que tiene delante. La diferencia es fundamental. Una cultura no permanece viva únicamente porque conserve sus textos, sino porque sigue conversando con ellos. Tal vez por eso la escena de la biblioteca resulta tan inquietante. La máquina puede conservar a Mark Twain. Puede pronunciar las palabras de Huckleberry Finn siglos después de que el autor haya muerto, incluso sin conocerlo, incluso sin conocer ningún autor, ni tan siquiera un solo libro. La existencia de restos de una biblioteca cuando ya nadie recuerda para qué servían los libros. La diferencia entre almacenar y recordar quizá sea también la diferencia entre conservar una cultura y mantenerla viva. Y ahí aparece nuestra época.

Nunca hemos tenido tanto acceso a la cultura. Podemos llevar miles de libros en un teléfono, escuchar en segundos música compuesta hace siglos o consultar documentos que antes exigían viajar a otra ciudad, incluso conversar con una máquina capaz de explicarnos casi cualquier referencia cultural. Hemos construido una memoria exterior gigantesca, mucho mayor que cualquiera que hubiera podido imaginar Sócrates, pero tener acceso a la cultura no significa necesariamente formar parte de ella. Una biblioteca puede estar llena y, al mismo tiempo, no tener lectores.

Quizá por eso la inteligencia artificial introduce una pregunta bastante más incómoda que la habitual discusión sobre si las máquinas podrán escribir novelas, imitar estilos o construir argumentos. Seguramente podrán hacerlo cada vez mejor. La cuestión es qué ocurrirá si las máquinas aprenden a conservar nuestra cultura mientras nosotros dejamos de tener el tiempo, la paciencia o el interés necesarios para leerla.

Sócrates temía que la memoria depositada fuera del hombre pudiera confundirse con conocimiento. Cicerón confiaba en que la memoria de quienes nos precedieron siguiera alimentando a quienes vienen después. Séneca nos recordaba que el pasado es la única parte del tiempo que podemos poseer con seguridad. Wells imaginó una humanidad que había alcanzado el futuro después de haber perdido parte de sí misma. Dumas mostró al hombre que sobrevive a una época y descubre que ya no pertenece completamente a ella. Y el cine convirtió todo eso en dos imágenes difíciles de olvidar, una estatua enterrada en la arena y un libro leído por una máquina. Tal vez esas dos imágenes sean también una forma de morir.

Una civilización puede desaparecer de golpe, como la ciudad que Taylor cree haber dejado atrás y que encuentra reducida a los restos de la Estatua de la Libertad. O puede desaparecer lentamente, sin que nadie pueda señalar el día exacto en que ocurrió, mientras sus libros siguen en las estanterías, sus músicas siguen grabadas y sus palabras continúan apareciendo en los diccionarios. La segunda forma quizá sea más difícil de reconocer porque no produce ruinas, es mucho peor, produce silencio.

Y eso me devuelve a aquella conversación con mi amigo, lector como yo de clásicos, y a esa sensación que dejan determinados libros cuando uno los cierra. No se trata de querer vivir otra vez en el mundo de Dickens, de Dumas, de Bonnefoy o de tantos otros. Tampoco de imaginar que la Europa de ayer fue un paraíso que conviene reconstruir. Se trata de algo más pequeño y, quizá por eso, más difícil de explicar. La sensación de que algunas cosas que nos hicieron como somos están dejando de tener herederos. Uno puede aceptar que una época termine. Pero lo que resulta mucho más difícil es descubrir que quizá también está desapareciendo la memoria emocional que permitía reconocerla.

Tal vez por eso algunas personas miran hacia atrás mientras los demás siguen caminando hacia delante. No porque quieran detener el tiempo, sino porque saben que hay cosas que solo pueden conservarse mientras alguien las recuerde.

Cicerón sabía que los muertos podían seguir conversando con los vivos a través de la memoria. Séneca sabía que el pasado permanece cuando todo lo demás está sometido a la incertidumbre. Sócrates sospechaba que ninguna escritura podía sustituir completamente al pensamiento vivo. Wells imaginó el día en que la humanidad podría sobrevivir a sí misma. Dumas convirtió la desaparición de un mundo político en la experiencia de un hombre que vuelve de entre los muertos. Nosotros vivimos ahora rodeados de una cantidad de memoria como jamás tuvo ninguna generación anterior, mientras empezamos a preguntarnos si sabremos transmitirla.

Quizá la verdadera tragedia no sea que Europa cambie, Reverte dixit, ni que una determinada forma de educación desaparezca, ni siquiera que los libros que amamos dejen algún día de leerse. Las culturas cambian porque tienen que cambiar y ninguna civilización tiene derecho a exigir eternidad. La peor de las tragedias será otra, que cuando llegue alguien capaz de abrir la vieja biblioteca, la máquina todavía sepa leer a Mark Twain, pero ya no quede nadie que pueda explicarle por qué aquellas palabras alguna vez fueron importantes. Y quizá por eso seguimos leyendo, no para regresar al mundo que hubo, sino para que, cuando ese mundo termine de desaparecer, alguien pueda decir que una vez existió.